Para el sábado noche (LX): Solo el cielo lo sabe, de Douglas Sirk

18 mayo, 2017

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La señora Scott (Jane Wyman) es viuda, no pertenece a ningún club social y sus hijos están estudiando fuera. Como tal situación es casi intolerable en la comunidad apacible de la que forma parte, no falta la buena amiga, Sara Warren (Agnes Morread), que trata de aliviar su soledad y consolarla, arreglándole citas con gente disponible. El problema es que a Cary Scott no le apetece compañía alguna, y menos la que le proporcionan los conocidos.

Pero las circunstancias cambian, y la viuda al fin se siente atraída por alguien que le gusta, y no solo en el sentido acostumbrado. No diré de nuevo que existe un problema, pero el caso es que Ronald Kirby (Rock Hudson), no solo es jardinero (en realidad, especializado en arboricultura), sino que es un hombre más joven. A la pareja no le importan en absoluto estos inconvenientes cuando, después de unos breves titubeos, decide establecer una relación duradera, pero, como queda dicho, estamos en una comunidad habitada por gentes que han instaurado un comportamiento estanco y rígido (de puertas para afuera). Las hay rencorosas y chismosas, pero también sensatas, como el médico del pueblo, Ben Hennessy (Hayden Rorke), o, finalmente, la misma Sara Warren.

No por casualidad, Kirby es definido como un tipo independiente y, por lo tanto, blanco del colectivo social. Precisamente por saber lo que quiere, será él quien tome la iniciativa a la hora de emprender y defender esta relación, ante las previsibles dudas “de entreacto” de Cary. Su toma de contacto ha respondido a cierta impulsividad, pero no a la típica, como antes señalaba, sino a la que nace de una necesidad de amistad y desemboca en el amor de dos personas, con todo lo que ello comporta (es decir, más allá del deseo, sin tener que prescindir de él, o superando objeciones como la diferencia de edad).


Tras los títulos de crédito iniciales, la cámara desciende desde un campanario, y en alguna otra ocasión empleará Douglas Sirk (1897-1987) esta perspectiva, materialmente ajena a los personajes, pero movimiento sumamente personal -moral, habría que decir-, que abarca a todos los habitantes del contorno. La amabilidad, la atención, la sinceridad, la intimidad y, finalmente, el amor, parecen pobres recursos cuando se han de enfrentar a las apariencias, los prejuicios y el yugo comunitario.

Entre los metomentodo están los propios hijos de Cary, Ned (William Reynolds) y Kate (Gloria Talbott), cuyo interés, en un principio, es que la madre actúe conforme a su edad y contraiga matrimonio con el único soltero de los alrededores, el educado pero fastidioso Harvey (Conrad Nagel). Ambos vástagos responden al canon del egoísmo adolescente, sobre todo el primero, pues solo a ellos les está permitido el coqueteo que conlleva el paso a la madurez, más evidente en la intelectual Kate que en el ingrato Ned. Los dos tienen derecho a buscar su lugar en el mundo; algo que niegan a la madre.

Pero para Kirby también habrá un recorrido. De hacer vida de soltero en una vivienda-invernadero, que es comparada con una urna, este pasará a la ilusión de una vida compartida, que la guionista Peg Fenwick (-) y el realizador expresan mediante la remodelación de un viejo molino que Kirby pretende convertir en un hogar para ambos. De forma simbólica, el resuelto pero maduro joven señala que una persona impaciente no puede cultivar árboles.


La puesta en escena de Douglas Sirk es siempre dinámica, en consonancia con el ánimo de los protagonistas más relevantes. Por ejemplo, Sara es activa e incisiva, y ataca la hipocresía de quienes resultan ser éticamente peores. De tal modo que, a la maestría del director, auspiciada por la producción de Ross Hunter (1920-1996), se avienen la edición de Frank Gross (1905-1960), el guión antes mencionado, en torno a un relato de Edna (1890-1964) y Harry Lee (-), con algún retruécano dramático hacia el final; la música de Frank Skinner (1897-1968) y, sobre todo, la espléndida fotografía en technicolor de Russell Metty (1906-1978). Este último ejemplifica cómo los árboles señalan el final de las estaciones, pese a lo cual, en la población, el tiempo parece detenido, aunque todo en él se repita cíclicamente, las visitas al club de campo y el trato con las amistades.

Este paso del tiempo y de las conductas anquilosadas, resulta mucho más cruel gracias al montaje, que contrapone las nuevas actitudes a las viejas. El precio de la aceptación es la espera y la resignación. Incluso, el dejarse dirigir por unos hijos que pretenden exigir la ejecución de lo conveniente a los demás. Al menos, hasta que el doctor Hennessy receta a la madre eso de que nunca es demasiado tarde; la mejor medicina cuando la gente le defrauda a uno.

Al hábil empleo de los colores y de los contrastes, entre lo sombrío y lo solar, se suman escenas magníficas, como aquella que culmina con un plano de Cary, viéndose así misma reflejada en la pantalla de un televisor, en lo que es una aterradora premonición o visión del futuro.


Por eso, la referencia a Henry David Thoreau (1817-1862) es de lo más pertinente. La trascendencia e independencia de juicio del escritor (del que pronto tendremos ocasión de hablar en este blog) casa bien con las perspectivas y aspiraciones de Ronald Kirby y sus amigos.

En otro buen apunte del guión, Ronald y Cary conocen de antemano que su relación no va a ser tarea fácil, y ella solicita la ayuda de él en este sentido. Debería ser tan sencillo, dos personas que se quieren, comenta la prevenida madre. Al fin, la fortaleza de su unión les hará enfrentarse a todas las dificultades, aunque Cari Scott se dará cuenta de que no ha pasado gran parte de su vida sacrificándose por los demás para acabar recibiendo semejante trato. En este sentido, la historia desarrollada en Solo el cielo lo sabe (All that Heaven Knows, Universal, 1955) es tanto amorosa como el retrato que muestra el dificultoso logro de Cary Scott en pos de su libertad.

Escrito por Javier C. Aguilera



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