El autocine (XXXVII): Especial Parapsicología: Viaje al más allá, de S. D'Arbó y Sobrenatural, de E. Martín

11 mayo, 2017

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El interés por los fenómenos paranormales fue una constante a mediados de los años setenta y durante la casi totalidad de los ochenta en España. Publicaciones, espacios divulgativos en televisión y algunas películas lo demuestran. Obviamente, el interés no ha cesado, aunque sí decaído tras determinados periodos de inactividad.

Al comienzo de Viaje al más allá (D’Arbó Films, 1980), el propio realizador de la película, además de su productor y editor, el psicólogo y parapsicólogo Sebastián D’Arbó (1947), hace una breve presentación, como era usual en estos casos, informándonos de que el relato cinematográfico es un documento testimonial basado en hechos históricos (es decir, reales) y testificados, adaptados para el cine, y reconstruidos dramáticamente. Al fin y al cabo, añade, existen fenómenos de difícil comprensión y aceptación.

En un rincón de los Pirineos, algunos viajeros esperan a que un tren les conduzca a sus respectivos destinos, aunque el lugar de arribada sea el mismo para todos: la residencia campestre del doctor Rudolf Mainen (el recordado Narciso Ibáñez Menta).

Escritor, editor y ocultista, Mainen ha cursado una serie de invitaciones a estas personas con objeto de registrar sus experiencias en el ámbito de lo paranormal, con vistas a la publicación de uno de sus libros. Como en un relato policíaco y de suspense, la narración se estructura por medio de episodios o sketches, al estilo de lo ya practicado por las célebres productoras del género Hammer y Amicus. La austera factura cinematográfica no le resta efectividad al documento, sino que le confiere la simpatía de lo artesanal y el decoroso atractivo de lo honesto.

Si cabe la posibilidad de que el ser humano se divida en cuerpo, alma y mente (que sobrevive junto al espíritu), el doctor Mainen busca contrastar debidamente estos casos llamativos, como base científica para la editorial que piensa establecer. Entre los invitados se encuentran los padres del niño Daniel Osuna (Dani Arbonés; a la sazón, Carlos Martos y Rosa Morata).


Un golpe es el desencadenante de la incorporación de otra presencia en el psiquismo del muchacho, un insólito fenómeno de reencarnación compartida que es verificado por vía de la hipnosis ante los atónitos padres. De hecho, la regresión practicada por un médico (Vicens Lluch) es otro de los verídicos mecanismos parapsicológicos insertos en el argumento de la película. 

También se haya presente Ángela (Rosa Mª. Espinet), traumatizada por la muerte anunciada -a través de una pesadilla- de su marido Ernesto (Antonio Lara), en lo que es una premonición recurrente -y fragmentaria, hasta su definitiva plasmación visual, al estilo de lo que sucede con los sueños-. El incidente es referido por la esposa y constituye un ineludible itinerario vital del que se desprende que intuir el futuro y poder modificarlo son dos cosas completamente distintas (es más, se puede pretender alterar el futuro para acabar desembocando en el final predicho; una posibilidad intrigante ya desde la antigüedad).

Junto a ellos, otro profesor de parapsicología, Max (Ramiro Oliveros), que acude en representación de una paciente, y el sacerdote católico Francisco Javier (Red Mills, es decir Antonio Molino Rojo), ex director espiritual de un internado de Zaragoza, donde sus capacidades como clérigo algo rígido y extremado son puestas a prueba por medio de una interna que, según parece, ha sido poseída (Berta Singerman); con los aspavientos de rigor pero sin la casquería estomagante de este tipo de representaciones (un punto a favor). Solo la muchacha es la afectada, ya sea en su psiquismo como en la incorporación de un posible ente extra natural.


Respecto al agente comercial Javier Salas (Emilio Gutiérrez Caba), lo que en un principio semeja ser un episodio de auto-trance, según la explicación racionalista, deriva en uno, nada menos, que de fantasmogénesis. Precisamente, D’Arbó no oculta que, con frecuencia, dicha explicación racionalista resulta ser mucho más improbable y ridícula que la sobrenatural. En esta experiencia, el autoestopista accidental recoge a un extraño pasajero (Jaime Mir Ferri) con el que interacciona plenamente: no solo responde -lacónicamente- a las preguntas del conductor, sino que abre y cierra la puerta del automóvil… posee una consistencia física.

Finalmente, la última de las experiencias se desarrolla en una casa antigua, aunque nueva para sus ocupantes más recientes, Eva (Montse Prous) y Carlos (Ovidi Montllor). En ella, todo parece funcionar a capricho, desatándose una serie de fenómenos extraños -o poltergeist- que guardan relación con un suceso dramático anterior y estancado, proveniente de un lugar donde no existen el tiempo y el espacio tal cual los entendemos.

En resumen, con el ambiente adecuado, esto es, aislamiento espacial, tormentas y cortes de luz, se van desarrollando las narraciones empíricas de todas estas personas, totalmente ajenas, y hasta desinteresadas por lo desconocido; al menos, hasta el momento de los acontecimientos. Como remate final, los personajes padecen un simpático retruécano narrativo espacio-temporal; algo no solo habitual en la actualidad, sino parece que inevitable.

Consciente de sus limitaciones crematísticas, tanto Viaje al más allá como El ser (Oris Films, 1982), centran su interés en el argumento y el guión; en el caso de esta última, obra de D’Arbó y Luis Murillo (-), con la colaboración en los diálogos de Alfonso Santig (-). Una joven familia ha perdido al padre en un accidente de aviación (concretamente, en una avioneta de trabajo). Es la del progenitor una presencia atestiguada, en principio, por medio de una fotografía y de unas (prescindibles) imágenes en retrospectiva. Además, la afligida esposa, Eva Sérkovich (Mercedes Sampietro; todos los personajes atesoran nombres foráneos en la versión de que dispongo), se enfrenta al embargo de su casa, una bonita y expuesta vivienda en las afueras.

Es decir, que junto con los problemas del más allá, cobran importancia los del más acá, en un apunte positivo que trasciende lo meramente sobrenatural. De hecho, lo interesante del caso es que ambas vertientes están relacionadas. Los insólitos desbarajustes de Eva se intensifican debido a esos inconvenientes terrenales, aunque la situación del embargo, y la de la indemnización del marido, estén planteadas de forma algo simplista o maniquea.

La disculpa, o los motivos, resultan obvios: convertir a algunos personajes de soporte en víctimas justificadas del ser. Unos enfrentamientos resueltos mediante una puesta en escena algo funcional, como sucede con el acoso (y derribo) del Sr. Presley (Alfred Lucchetti, el director de la inmobiliaria), o con los manidos planos de la cámara subjetiva. El aliciente de estas películas estriba, como ya he señalado, en su capacidad argumentativa de sugestión y anhelo de verosimilitud, siempre que se esté dispuesto a compartir -que lo hacemos- las propuestas narrativas.


De este modo, es interesante constatar cómo el doctor Oliver (Narciso Ibáñez Menta) piensa que las fuerzas energéticas inmateriales legadas por los difuntos, pólvora psíquica en palabras del doctor, pueden ser proyectadas e incluso modificadas por la mente de los vivos. Esta impregnación de energía psíquica es la que Eva pone en movimiento, de forma inconsciente, hasta el punto de tomar represalias contra las personas que, de un modo u otro, la han importunado.

Mientras esto sucede, Eva comienza a mantener una relación con el abogado James Ronald (Ramiro Oliveros). Su vil estratagema al servicio de la empresa inmobiliaria es un astuto ardid, como lo es el de que el esposo de Eva aún pudiera seguir con vida, aunque luego ambos se demuestren erróneos. En este sentido, los inexplicables ruidos en la casa echan por tierra los aspectos más terrenos de la trama. A ello se suman momentos inquietantes como el de la figura nocturna que surge tras Eva en un ventanal de su casa, la experiencia de un sepulturero (el ubicuo e imprescindible Víctor Israel) o la presencia de un aparecido que desaparece, el mendigo Alfred (Rafael Anglada), personaje que no acierta a recordar su pasado, y un elemento más de interés aportado por el guión.

No en balde, asistimos a una ficción tan rocambolesca como pueda serlo la propia vida, siempre rica en matices. Uno de los cuales queda reservado al final del relato, y es el de la psicofonía que desvela todo el misterio. En esta deriva final, no será Eva, sino el doctor Oliver quien confirme ¡lo necesario que es mantener una casa bien limpia! En el apartado de agradecimientos, es grato consignar, en las dos películas comentadas, la colaboración de la mítica revista Mundo Desconocido (1976-1982), creada y dirigida por el especialista Andreas Faber Kaiser (1944-1994).

El tercero de los ejemplos que quisiera resaltar en esta entrega del autocine dedicada al tema de la parapsicología viene firmado por el estimable realizador granadino Eugenio Martín (1925). Sobrenatural (Supernatural, Kalender Films, 1981) pone de relieve aspectos tratados anteriormente bajo la apariencia de una película de género, en la que, haciendo visible lo invisible, lo que se pone de manifiesto es la necesidad del ser humano de poner límites a aquello que parece no tenerlos, para, a continuación, trascenderlos en su lucha por desentrañar lo que antes ha sido codificado en departamentos habitualmente estancos, con los que hemos universalizado nuestras propias leyes naturales.

En este caso, el prólogo de situación corre a cargo de una voz en off que llama nuestra atención sobre el hecho de que la física moderna está descubriendo que el misterio de la vida es cada vez más desconcertante, y que las últimas partículas que conforman la energía no obedecen ni al tiempo ni el espacio que conocemos. Como curiosidad, podemos señalar que los efectos especiales de la película fueron producidos por los míticos Estudios Moro.


A la bibliotecaria Julia (Cristina Galbó) le dan la notica de la repentina muerte de su ex marido en un accidente de tráfico. Sabemos, ya desde el arranque de la narración, que este último parecía hallarse, en buena medida, obsesionado con el hecho de volver a reencontrarse con su ex mujer o, al menos, con tratar de dominarla. Al no poder conseguirlo en vida, tratará de lograrlo en la muerte. Pero por si quedara alguna duda acerca de su carácter, María (Lola Lemos), la guardesa de la casa que habitaba, comenta que ese hombre siempre me dio miedo, añadiendo más tarde que el Señor no le tenga en cuenta todo el mal que hizo.

En una idea compartida con el film anterior, el realizador solo muestra a este ex marido por medio de los retratos fotográficos (que se corresponden con la imagen de Javier Escrivá) y, por descontado, a través de las fuerzas sobrenaturales que se desencadenan en la casa, y que aún hacen al esposo más presente, ubicuo y amenazador que si estuviera vivo. La maldad de esta persona parece incrementarse desde el momento en que Julia regresa a la casa y actúa -como en el caso de Eva- como catalizador de la energía depositada por el cónyuge. En este sentido, los “sustos” y efectos sonoros de rigor están bien proporcionados, aunque nos parezcan ingenuos.

Sobresale un plano cenital en el momento en que Julia se encuentra -o se reencuentra- con su marido, de cuerpo presente, así como el empleo, más afortunado que el caso anterior, de una cámara subjetiva que se cuela por las rendijas de las puertas del despacho del difunto, como centro de poder y lugar idóneo donde espiar subrepticiamente.

El médico -escéptico- Víctor Valdés (Máximo Valverde) acompañará a Julia en su toma de contacto con esta nueva y traumatizante experiencia, de la que será, una vez más, la involuntaria protagonista.

Antes de que se desaten todos estos incidentes en la casona, perdida en medio del campo, la médium Carol (Cándida Losada) le comunica, a su pesar, y en una capilla empleada como almacén, que alguien desea comunicar con ella. La médium no se siente cómoda, acostumbrada, como asegura, a establecer contacto únicamente con seres de luz.

La presencia del ex marido supone un inesperado y desagradable viraje del que tratará de alejar a Julia (en lugar de atraerla: ni el personaje es el tópico fraude, ni trata de captar adeptos, advirtiendo honestamente de los peligros psíquicos y emocionales). De hecho, especifica que mi misión es unir lo que separa la muerte, verificando que, este caso es diferente y no me gusta.

Julia también contará con la ayuda del parapsicólogo Jordán (Gerardo Mayá; posible guiño a José Luis Jordán Peña [1931-2014]), frente al más racionalista Víctor, que en un principio cree que la tensión acumulada es la causante de las alucinaciones de Julia. Junto a su ayudante Rosa (Silvia Suárez), el psicólogo y parapsicólogo Jordán representa al científico abierto o, mejor aún, al informado. 

En el apartado -o zona- de pura ficción, y siempre sobre la base de estas posibilidades reales expuestas en las películas, el hecho es que el mal es muy capaz de tomarse la revancha contra los vivos, llegando incluso a actuar a cierta distancia. Así sucede con el hostigamiento del ente en el interior del vehículo en el que se trasladan Julia y Víctor. Como advierte Rosa, la ciencia es una cosa y el marido de esa mujer otra.

Imagen Kirlian
Los intentos de tratar de escapar del área de influencia de esta maligna fuerza psíquica son en vano, algo que nos recuerda los infructuosos avatares del protagonista de la notable En la boca del miedo (1994) de John Carpenter (1948). El suspense creado por medio de las fotografías extraídas con la cámara Kirlian, que muestran un lazo de energía entre lo terrenal y lo astral, concerniente a los espíritus anclados en sus vidas pasadas, se suma, positivamente, a la plasmación de derivadas tan sugerentes como que la resurrección no es algo que atañe tan solo a la carne, tal cual comprobará el sacerdote amigo de Julia, el padre Enrique (Juan Jesús Valverde).

En definitiva, estamos ante otro intento admirable de abordar, con escasos medios pero con la suficiente dignidad, además de con conocimiento de causa, los diversos fenómenos de lo paranormal a través del cine.

Escrito por Javier C. Aguilera


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