Wonder Woman: El Círculo, de Gail Simone y Terry Dodson

22 junio, 2017

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Las superheroínas no han gozado de la repercusión que, en muchos casos, se merecerían, o al menos en igualdad con otros superhéroes cuyas historias no son ni peores, ni mejores, sino simplemente semejantes. Quizás por la fama que el cine otorgó a determinados personajes, otros han pasado más desapercibidos, restringidos al mundo del cómic.

Ese puede ser el caso de Wonder Woman, que si en el mundo del noveno arte formaba parte de la Trinidad de DC formado por ella junto a Superman y Batman, en el más popular medio cinematográfico apenas ha gozado de éxito. Al menos hasta ahora, en que la reciente propuesta dirigida por la directora estadounidense Patty Jenkins, Wonder Woman (2017), parece haber llamado la atención del público y, también, catapultado su fama, merecida por otra parte tras una larga trayectoria entre viñetas y a la sombra de otros héroes.

A raíz de este próximo estreno en nuestro país, hemos querido acercarnos a la célebre amazonas a partir de un cómic escrito también por una mujer, Gail Simone: El Círculo (2008).

La Mujer Maravilla, como se conocía tradicionalmente en España, tiene la particularidad de relacionarse con la mitología o, mejor dicho, de surgir de este territorio, lo que le otorga un singular atractivo y un enfoque distinto al del alienígena que es Superman o al carácter detectivesco y más humano de Batman. De ahí que sus poderes se expliquen a partir de regalos de los dioses griegos, que pertenezca a una raza de amazonas como se entendían en esa misma mitología (un pueblo gobernado y formado por mujeres guerreras), que aparezcan otros personajes mitológicos, como la bruja Circe o Hércules, o que tenga un hogar apartado de la civilización, la isla de Themyscira (o Temiscira), también conocida como Isla Paraíso.

En El Círculo nos encontramos ante un momento delicado para la comunidad amazona. De forma previa, la bruja Circe ha provocado toda una serie de problemas a la heroína y a las amazonas, de forma que Wonder Woman ha perdido sus poderes cuando no está usando su armadura clásica y sus queridas hermanas han sido exiliadas por decreto de Atenea de la isla que era su hogar, a excepción de la reina y madre de Diane, Hipólita. Por tanto, ahora nuestra protagonista se dedica a la investigación de asuntos metahumanos como Diane Prince, mientras que trata de mantener el mundo a salvo con su alter ego conocido ya por el mundo como Wonder Woman. De ello se está ocupando cuando tienen lugar los acontecimientos de El Círculo.

Dado que la isla Paraíso está prácticamente abandonada, el Capitán Nazi (los nazis han dado de sí como villanos recurrentes hasta límites insospechados; por cierto, este villano funciona realmente como un macguffin de la auténtica aventura) ha decidido asediarla y conquistarla. Sin embargo, esta invasión reabrirá una antigua historia que tiene relación con el origen de nuestra protagonista y cómo su nacimiento fue la causa de ruptura y rechazo entre un grupo de amazonas.

Este grupo, conocido como el Círculo, estaba compuesto por cuatro amazonas elegidas por la reina para salvaguardarla de cualquier peligro. Sin embargo, cuando Hipólita decidió tener una hija, el fanatismo de estas protectoras las llevó a tratar de destruir esa nueva vida, a la que contemplaban como una amenaza para toda su raza. Encarceladas desde entonces en la misma isla y sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento, esperan su oportunidad para acabar con la causa no solo de su encierro sino también del rechazo de la persona a la que habían jurado proteger, su reina.

Así pues, dos líneas temporales se entrecruzan en el cómic. La historia del pasado nos sirve para mostrar el funcionamiento de la sociedad de las amazonas, sus leyes restrictivas fruto del imperativo de los dioses, que impedía, entre otras cosas, su procreación, o el fanatismo alcanzado por quienes formaron el célebre Círculo, quienes además de proteger a la reina, buscaban a todas las amazonas dispuestas a romper sus leyes, aunque se tratase de un simple placebo inofensivo. En cierta medida, la represión que estas amazonas hacían de su propio deseo de maternidad las llevaba a cazar a todas las que estaban dispuestas a manifestarlo de cualquier forma posible. De ahí que se sientan traicionadas por la persona a la que más querían y admiraban.


Y la historia del presente es una prueba para Diana, una prueba para demostrar el tipo de heroína que es. Por una parte, será capaz de hacer frente a los peligros que surjan incluso cuando no pueda utilizar sus poderes, pero, por otra parte, cuando sea capaz de usarlos y dominar a sus enemigos, siempre se mostrará clemente y piadosa. Así lo demuestra con el grupo de gorilas inteligentes liderados por Tolifhar, que acabarán por ser una mezcla de alivio cómico y de apoyo bélico, como también hacia el final de la historieta, cuando tras mostrar su superioridad, decida ser benevolente y no vengativa, mostrando cuáles son los auténticos valores de las amazonas. A su vez, a pesar de su grandeza, no dudará nunca en solicitar ayuda a otros con tal de proteger aquello que ama o que cree justo, lo que nos permitirá comprobar que en este mundo no solo existen dioses griegos, sino que también hay espacio para otras mitologías, como la nórdica, la egipcia o la japonesa.

De esta forma, El Círculo se presta a ser no solo una entretenida historia sobre Wonder Woman, sino también una presentación más profunda sobre su sociedad, sobre la cuestión de la maternidad y el fanatismo, sobre el carácter clemente del personaje, que se distingue así de otros superhéroes (ella misma mencionará su rechazo a las técnicas de Batman), y sobre la importancia de los lazos que nos unen a los demás por encima de los prejuicios (los prejuicios que le afectaban a ella como también los que afectaban a los gorilas, por ejemplo, y que ella fue capaz de superar: solo están equivocados).

Gail Simone
A pesar de que su conclusión resulte abrupta, Gail Simone nos regala una aventura atractiva y que nos ayuda a comprender mejor al personaje, sin olvidar tratar algunos temas de interés que no resultan vacíos. Quizás pueda chirriar la aparición de ciertos personajes excesivamente caricaturescos, como los gorilas o el Capitán Nazi, en contraposición a la historia tan terrible y a la caracterización más profunda del Círculo; sin embargo, su presencia tiene un sentido y nos proporciona un mejor panorama de la protagonista. Y todo ello dibujado por Terry Dodson, que aunque consideramos falto de dinamismo en las escenas de acción, sí consigue una gran expresividad y personalidad para cada uno de los personajes.

Escrito por Luis J. del Castillo


Para el sábado noche (LXII): Capricornio Uno, de Peter Hyams

20 junio, 2017

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De carrera progresivamente diluida, Peter Hyams (1943) cuenta en su filmografía con algunas películas muy notables; generalmente, las escritas, o incluso fotografiadas, por él mismo. Esta es una de esas ocasiones, aunque la labor fotográfica corresponda a Bill Butler (1921).

En la primera imagen de Capricornio Uno (Capricorn One, ITC-Warner Bros.), producción de Lew Grade (1906-1998) con música de Jerry Goldsmith (1929-2004), el sol emerge física y metafóricamente por la plataforma del cohete que ha de llevar a los primeros expedicionarios terrestres al planeta Marte. Es un símbolo que se superpone a la voz en off que informa puntual pero lacónicamente del estado de la misión.

Pero a excepción del desconfiado -y partidista- diputado Hollis Peaker (David Hudleston), los políticos, como buena parte de la población -curiosa correlación-, se sienten poco atraídos por las perspectivas de este nuevo logro humano y tecnológico. No obstante, además de los astronautas Charles Brubaker (James Brolin), Peter Willis (Sam Waterston) y John Walker (O. J. Simpson), todos con un carácter bien definido por Hyams, el proyecto recibe el apoyo entusiasta de familiares y colaboradores, como el operario Horace Gruning (Lou Frizzell) que, honradamente, se siente orgulloso de una empresa de la que, la llegada a la luna, el veinte de julio de 1969, fue tan solo uno de sus jalones.

El motivo de la desconexión del resto de personas -en términos generales-, lo hallamos, precisamente, en aquello que se pretende ofrecer como remedio de la crisis: el desinterés de la gente por el programa espacial tripulado responde al hecho de que todo se ha convertido en mediático, y en que la oferta se ha ampliado. Los medios de comunicación, con su poder de realidad de lo televisado, reflejan, en este caso, dicho desinterés. Es por eso que Marte se convertirá en un escenario más; aparte de que, en este sentido, el parlamento que el director del programa Capricornio de la NASA, James Kelloway (el estupendo Hal Holbrook), lanza a los tres astronautas, cuando la misión parece abortada, es bastante realista aunque desemboque en cauces -¡o canales!- nada éticos. A modo de paráfrasis, ¡el programa debe continuar!, lo que incluye las voces grabadas de los atónitos protagonistas y, se supone, que algunas de las muestras del terreno marciano aportadas por los exploradores robóticos.


Pese a todo, en forma de justicia poética, ese optimismo e ideales que escasean, serán los que el periodista Robert Caufield (Elliot Gould), representante de esa parte de un reporterismo de investigación honesto y arriesgado -en varios sentidos-, devuelva a la sociedad, en la persona de algunos de sus héroes; porque los héroes existen, por mucho que determinadas ideologías se avergüencen o denuesten el pasado histórico, remoto o reciente.

En esta ficción, la balanza termina por equilibrarse pese al esfuerzo que esto conlleva, es decir, pese al enfrentamiento mantenido por la idiosincrasia y la superación humanas, y el progreso técnico, cuando ambos aspectos no van acompasados. Un terreno que ha sido abordado por buena parte del género de ciencia ficción, como en 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, 1968; aunque sigue habiendo quienes creen que se trata de una glorificación de lo tecnológico por encima de los valores trascendentes, lectura ajena a la verdadera intencionalidad de Stanley Kubrick [1928-1999]), o bien, por la interesante Operación Ganímedes (Operation Ganymed, Rainer Erler, 1977), aunque a diferencia de esta última, en Capricornio Uno, el recorrido de los astronautas se produce por separado y conduce a similares pero distintos derroteros, por decirlo así. En el caso que nos ocupa, la simulación afecta al aterrizaje en Marte, pero no al lanzamiento del cohete. Además, existe otro escenario intermedio, efímero pero crucial para la trama, como es el decorado de un pueblo del oeste…


Por lo tanto, ¿hasta dónde llegar para mantener vivo un sueño y devolver las ilusiones al público? ¿De qué forma merece uno pasar a la historia? El momento de la verdad de Kelloway consiste en sostener una mentira; al fin y al cabo, confirma que solo nos hacen falta las emisiones de televisión. Su lealtad al programa espacial es encomiable pero errónea, como le hace ver, en primer lugar, Charles Brubaker. Para Kelloway, el aliciente es que ya no queda nada en qué creer, lo que, de alguna manera es cierto. Para Brubaker, sin embargo, no es lógico mantener algo vivo traicionándolo. Naturalmente, la antedicha balanza comienza a desequilibrarse desde el momento en que entran en funcionamiento mecanismos y presiones que operan al margen de los principales implicados. Esto se me ha ido de las manos, hay fuerzas que tienen mucho que perder, especifica Kelloway. Desde ese momento, otro componente se ha averiado, al convertirse la amistad entre el astronauta y su antiguo mentor en un mero contrato emocional, en el que es el televisor el que opera como mecanismo de representación.

A Robert Caufield le pone tras la pista el operario de telemetría Elliot Whitter (Robert Walden). La iniciativa individual de ambos frente al sistema también será castigada, en favor de ese más amplio y etéreo bien común, como bien comprueba el sufrido Mustang de Coufield. A ello se prestan gustosos determinados organismos gubernamentales que crean, a su vez, otro escenario alterno para distorsionar lo que, hasta entonces, ha sido la realidad (tal vez, sin el conocimiento de los propios dirigentes; condición de estos suele ser estar en las nubes… de Valencia o marcianas; es decir, en sus reelecciones).


Por ello, no es casualidad que, cuando al fin se produce el ansiado -y ansioso- aterrizaje, el mensaje grabado del presidente a la nación, al resto del mundo, y a los astronautas, se vea acompañado por un movimiento de la cámara con el que Peter Hyams se va alejando de estos últimos, para acabar mostrando todo el entramado del montaje. La ironía consiste, como ya he señalado, en que tales agencias y el personal a su servicio habrán de enfrentarse con aquello que pretendían evitar a toda costa: el desprestigio del programa espacial, cuya víctima colateral es el ámbito informativo. Por suerte, para quienes los defienden de una forma cabal, el viacrucis de estos pioneros del espacio por un nuevo escenario, ubicado, por cierto, en un remoto y reseco paraje, al estilo del marciano, no quedará sin recompensa moral. Esto parece Marte, confirma Willis. El destino es azaroso, más allá de de todas las previsiones y reglas de cálculo…

Todo esto lo cuenta el realizador de una forma clásica y perspicaz. Por ejemplo, empleando un movimiento de cámara análogo al del antedicho mensaje presidencial, cuando los tres astronautas toman caminos separados en plena aridez; o en el ejemplar duelo aéreo entre dos helicópteros y la destartalada avioneta que pilota Albain (Telly Savalas), o incluso, cuando es el propio discurso final del presidente (Norman Bartold) el que acaba convertido en un enorme montaje (tal y como advertía, por razones ajenas al personaje).

Y si me permiten un apunte final, diré que Capricornio Uno es una de esas películas que pueden ayudarnos a recuperar parte de esa ilusión perdida, en este caso, cinematográfica, pues no se trata de encadenar un título detrás de otro, sino de hacer de cada ocasión algo especial; en definitiva, de regresar al rito que suponía ir al cine (aún en el propio hogar).

Escrito por Javier C. Aguilera


Guardianes de la Galaxia Vol. 2, de James Gunn

17 junio, 2017

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Regresamos al espacio con el equipo de superhéroes más gamberro de Marvel con la dirección de James Gunn, que ha entendido bien a esta incomprendida pandilla: Guardianes de la Galaxia Vol. 2 (2017). Pero regresar nunca es sencillo. Guardianes de la Galaxia (2014) fue una sorpresa en sí misma, una historia fresca en medio de otras que ya nos sonaban demasiado semejantes, demasiado oscuras. Gunn proporcionaba a unos héroes casi desconocidos para el público general, para el desconocedor de los cómics, una imagen asociada a un humor, a un estilo visual y a una música muy concretos. Y ahora tocaba contar otra página más de sus aventuras espaciales.

Por ello, nos encontramos con los guardianes ejerciendo tareas de mercenarios en el espacio, cuando por la actitud de Rocket, se verán en problemas con una civilización narcisista, arrogante y bastante rencorosa. Mientras son perseguidos a través del espacio, alguien viene en su ayuda: una persona inesperada dispuesta a revelar a Peter (Chris Patt), el ya célebre Star Lord, cuál es su origen y dónde está su pasado y su hogar. Entretanto, Yondu (Michael Rooker) y sus contrabandistas son contratados para capturar a los Guardianes de la Galaxia; sin embargo, la relación casi paternofilial que Yondu mantiene con Peter provocará un motín.

James Gunn sabe cómo quiere contarnos esta historia y no tarda mucho en demostrarlo: su introducción es una escena de acción trepidante... en segundo plano. Será la música, en este caso Mr. Blue Sky de Electric Light Orchestra, se convierte en la protagonista junto a un pequeño Groot a través de cuyas acciones y peripecias por el campo de batalla irá desgranando y redescubriéndonos a los personajes que ya conocíamos. Apenas unos pocos minutos suficientes para presentar a cada uno de los personajes y recordarnos sus peculiares personalidades, que siguen intactas con respecto a lo visto en la primera entrega. Habrá más momentos similares, tanto donde la música, este Awesome mix Vol. 2, con canciones de los setenta y ochenta, destaque, como donde la acción sea la protagonista, tanto en el espacio como físicamente.


Para cuando la película haya llegado a su fin, se nos habrá mostrado la evolución de estos mismos personajes sin que, por ello, hayan perdido su esencia. Ahí tendremos a un Star Lord asumiendo de forma renovada su rol en el grupo y su vínculo no solo con ellos, sino también con Yondu, personaje que ganará muchos matices a lo largo de esta película. También tendremos la evolución de Gamora (Zoe Saldana), quien comprenderá no solo la importancia de las relaciones creadas, sino también cómo sus actos han influido en otras vidas sin que ella se percatara de esa relevancia. Precisamente, su difícil relación fraternal con Nebula (Karen Gillan) será el ejemplo más evidente, un vínculo sobre el que se ahonda como no se había hecho en la anterior ocasión.

Algo diferentes serán los casos de Rocket, Drax (Dave Bautista) y el bebé Groot, quienes suelen funcionar como descargos humorísticos en la mayoría de ocasiones, especialmente el último. Ahora bien, Rocket se sigue mostrando como un adolescente descarriado y malhumorado que, sin embargo, nos sorprenderá creando un lazo de intimidad con otro personaje a partir del cual nos desvelará sus auténticos sentimientos y sus motivaciones reales. Mientras que Drax también nos muestra una actitud más responsable. Junto a la nueva incorporación, Mantis (Pom Klementieff), interpretarán algunos momentos muy divertidos, sobre todo en relación al uso del lenguaje de forma literal o a la inocencia de Mantis sobre todo lo relativo a la humanidad. Por no seguir ahondando en detalles, no nos referiremos al antagonista de la historia ni haremos mención a la trama relativa al padre de Star Lord (Kurt Russell), aunque sí podemos mencionar que se trata de una propuesta bastante interesante, a pesar de que pueda sentirse previsible conforme avanzas en el visionado y más tópica de lo esperado. Por no mencionar algunas incongruencias que dejaremos en el tintero.


Resulta complicado evitar los comentarios concretos sobre lo que sucede en el argumento, incluso podríamos entender que hemos resumido bastante, pero añadiendo demasiados detalles; sobre todo si atendemos a lo cuidadosos que han sido en toda la campaña publicitaria de la película. Al contrario que otras promociones que suelen desvelar casi todo el entramado y hasta algunos giros sorpresa, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 ha logrado diluir todos los acontecimientos relevantes en las imágenes previas. No obstante, ello no ha evitado que ya conozcamos a los personajes y que el efecto sorpresa de la primera entrega nos otorgue unas expectativas, estando, por tanto, precavidos del tipo de película que vamos a encontrar.

No podemos considerar que decepcione: vuelve el humor gamberro y chocante de la primera ocasión, pero con renovados chistes y referencias culturales, regresa también los momentos de acción trepidante y también hay espacio para el desarrollo sentimental de los personajes, como ocurría anteriormente. De esta forma, siguiendo con la línea argumental, podríamos entender que si Guardianes de la Galaxia fue la historia de cómo unas personas bastante diferentes entre sí se unieron casi por azar por un objetivo común, esta nueva entrega nos narra cómo esas relaciones se consolidan y, sobre todo, el significado que puede llegar a tener la palabra familia como tema esencial. Pero para todo ello, podríamos considerar que se acerca a derroteros conocidos, aunque en realidad lo que está haciendo es parodiarlos. Los parodia hasta tal punto que cuando decide ponerse seria y entregarnos una ocasión dramática, esta se siente con más fuerza de lo habitual, funcionando mejor que en una película trágica al uso.


Aunque no podemos dejar de sentir que estamos ante una aventura más tópica dentro del panorama de los héroes o incluso de las space opera, con todo, mantiene una personalidad única que la hace brillar en medio de otras propuestas más reiterativas. Además, aún se puede sentir cómo hay tramas por desarrollar en la vida de sus personajes a la vez que otras se han logrado cerrar de forma satisfactoria. En definitiva, una nueva entrega que mantiene la identidad creada en la primera aventura, la expande y a pesar de caer en ciertos lugares comunes o de poder hastiarnos en ciertos fragmentos, logra ofrecernos una historia fresca, divertida y manteniendo las expectativas.

Escrito por Luis J. del Castillo


Clásicos Inolvidables (CXXXII): Walden, de Henry David Thoreau

15 junio, 2017

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Aunque no todos los escritores hayan resultado ser inmortales, por muy distintas causas, muchos de ellos sí que son atemporales. Siempre precavido ante todo aquello que restringiera la libertad del individuo, Henry David Thoreau (1817-1862) se sintió atraído desde niño por la laguna de Walden, en Concord, Massachussets, EEUU, donde, en una parcela propiedad de Ralph Waldo Emerson (1803-1882), construyó una cabaña a la que se trasladó a vivir, en 1845.

Lo que allí experimentó, a lo largo de poco más de dos años, lo narró en Walden (Ídem, 1854; Cátedra, Letras Universales, 2005), libro que hoy referenciamos, en traducción y edición de Javier Alcoriza (1969) y Antonio Lastra (1967).

Pero entre gallinetas y cuclillos, ardillas, búhos y ratones de campo, lo que resulta más destacable de la experiencia campestre de Thoreau, de su imperioso retorno a la naturaleza, es que es consciente de que esta no pregunta ni responde a nada que nosotros, los mortales, podamos plantear (en el capítulo La laguna en invierno).

Es la suya una propuesta enérgica, pero ni impositiva ni vocinglera, encaminada a no formar parte del pasaje, sino a viajar subido al mástil (tal y como recoge en su Conclusión); una experiencia que tiene como epílogo genérico que el universo es más amplio que nuestras perspectivas (Conclusión).

Pese a la necesidad de un retiro temporal durante los veintiséis meses de permanencia en la laguna, Thoreau se mantuvo en contacto con amigos y familiares. De hecho, uno de los principales y maliciosos errores que cometen los adalides del colectivismo ideológico, sea político o religioso (los extremos siempre dispuestos a atraerse), es considerar que el que actúa de una forma individual y libre se ve supeditado a una especie de aislamiento egocéntrico y sin valores, cuando es justamente lo contrario (por mucho que formemos parte de un “todo”, no hay por qué doblegarse ante dicho todo). Esto es, como si la naturaleza solo pudiera soportar un solo orden de entendimiento (Conclusión). Hasta los eremitas produjeron un beneficio social de un modo indirecto.

Sin llegar a tanto, si se vive la vida con principios, la diversidad de nuestra experiencia no se verá disminuida. Más aún, recuerda Thoreau cómo la fundación de la primera república americana tenía que ver con esta garantía de libertad para todos sus habitantes, siempre que no se esté adormecido (Conclusión). Este es el eje principal de Walden, el que nos consideremos individuos y ciudadanos libres.


Una apelación a la independencia cuyo tronco sostenedor es el de no someterse sino al respeto de la naturaleza, en la que se integra el ser humano, aunque a veces se desvincule -consciente o inconscientemente- de esta, o de otros seres humanos. Es decir, un posicionamiento vital que no se pliega a ninguna ideología moralista o política hereditaria. El reposo de Walden se enmarca en una línea o tendencia existencial al desplazamiento y el viaje, solo que estos pueden ser tanto externos como internos. Soy un místico, un trascendentalista, un filósofo natural (Introducción), resume ampliamente Thoreau.

Unos aspectos que abarcan la lectura como ejercicio de libre pensamiento, que contribuye a la dignidad de nuestra presencia en el mundo, entendida como un efecto de la verdadera educación liberal del individuo y la comunidad (La lectura). Incluso llega a anotar cierta preferencia por la lengua escrita sobre la hablada, a modo de un lenguaje selecto, en cualquier idioma, favorecedor de la emancipación necesaria para poder (sobre)vivir y razonar. En su citada defensa de los clásicos, recuerda que solo hablan de olvidarlos quiénes nunca los han conocido, en tanto que un hombre debe encontrar sus ocasiones en sí mismo (Sonidos).

De hecho, lo que no tiene remedio es el ser humano, principalmente en conjunto, tantas veces convertido en complejo rebaño en su condición -o conducción- grupal y gregaria. Por eso el libro lleva como dedicatoria el afán de despertar a mis vecinos, por medio de las vivencias e impresiones del autor, a orillas de la laguna de Walden. Allí cuece su pan y quiere pensar por sí mismo (Economía).

Thoreau en el cómic, por Maximilien LeRoy
De vuelta a los días primitivos y huyendo de la vanidad, Thoreau llama la atención respecto a la acumulación de bienes inútiles, aunque parezca caer en la tentación de alabar la “comodidad” de la pobreza y condenar lo superfluo, entendido estrictamente como todo adorno o gasto suntuario, es decir, forzado por los demás. En resumidas cuentas, una cosa es la avaricia y otra la excesiva condena y denuncia de un comercio que es el salvavidas de toda comunidad o país bien organizado y en disposición de prosperar. Tras lo cual, de forma harto sagaz, Thoreau diagnostica y resume el meollo de la cuestión: deseo que haya tantas personas en el mundo como sea posible, pero quisiera que cada uno fuera muy cuidadoso en descubrir y seguir su propio camino, y no el de su padre, su madre o el del vecino (Economía).

Ello no obsta para advertir acerca de peligros muy reales que, como observamos, ya se erigían en una seria amenaza desde finales del XIX. Dando nuevamente la palabra a Thoreau, los hombres se han convertido en las herramientas de sus herramientas. Lo cual supone que el hombre laborioso no tiene ocio para una verdadera integridad cotidiana. En este sentido, el vocablo “civilizado” no se proscribe del entorno natural que se pretende abrazar, pues conlleva que el hombre civilizado es un salvaje más experimentado y sabio, a pesar de que la mayoría de los hombres lleva vidas de tranquila desesperación (Economía).

De resultas de lo cual, al saber que quería valerme por mí mismo, me volví con más determinación a los bosques. Ello, sin olvidar, y es importante recalcarlo, que la civilización es un verdadero avance en la condición del hombre, aunque solo el sabio aproveche sus (verdaderas) ventajas (Economía). Razón por la que, pese a todo, la realidad es siempre estimulante y sublime (Dónde vivía y para qué).

La laguna de Walden
Esta naturaleza y forma de vivir son contempladas como una época transitoria pero necesaria. Un “lujo” perecedero en sí mismo, que puede o no estar a nuestro alcance, y no solo espacialmente. A ello se suma una invitación a dudar de todo, o casi. Contra la prisa y la subordinación a la máquina, Thoreau proclama a los cuatro vientos su llamamiento a no dejarse engañar, a ser conscientes de los cimientos que son puramente ilusorios y penetrar la superficie de las cosas (Dónde vivía y para qué). En definitiva, a no ensimismarnos en nuestros límites culturales e ideológicos. Solo así puede el universo responder de una forma constante y obediente a nuestras mutables concepciones.

A su vez, el tiempo y el espacio se transforman en Walden: mis días no eran los de la semana (Sonidos). No en vano, con respecto a esta soledad buscada (no obligada), se pregunta el caminante ¿por qué habría de sentirme solo? ¿No está nuestro planeta en la Vía Láctea? (…); soy consciente de cierta duplicidad por la que permanezco tan lejos de mi mismo como de otro (Soledad). De este modo, el aislamiento no solo es grato, sino también reintegrador, una fusión con la naturaleza que bascula entre lo místico y lo utilitario.

Pero junto a las visitas efectuadas por Thoreau, están las que los lugareños, conocidos, curiosos o viandantes casuales dispensaron al propio escritor. Unos visitantes vistos como continentes inexplorados, que concretan el recurso de la ironía o, a veces, el de una abierta exageración al referirse al comportamiento de sus coetáneos (y sus formas de vida; Visitas). Por ejemplo, ante la pregunta de por qué debería cultivar un próspero campo de judías, en el capítulo del mismo nombre, Thoreau se responde que solo el cielo lo sabe… O desembocando en su visión de la urbe, recuerda cómo ninguna otra persona me molestó, salvo las que representaban al estado (La granja de Baker).

El singular huésped se enfrenta a los recursos del poder de frente, contrario a quienes ambicionan una nueva forma de mandar (más que de gobernar), más controladora, y la pervivencia de una sociedad de subsidios. Sobre todo, cuando constatamos que tales dirigentes poseen un nivel mucho más bajo que el nuestro…

Walden Pond Revisited, de N. C. Wyeth
Las mayores ganancias y valores están lejos de ser apreciados (…), tal vez los hechos más sorprendentes y más reales nunca se hayan comunicado de hombre a hombre. Se trata pues, de una tarea constante e individualizada, puesto que no hay un instante de tregua entre la virtud y el vicio (Leyes superiores), planteamiento que, respecto a los seres humanos, el autor ejemplifica mostrando el escenario, también natural, en el que se produce una gráfica y antropocéntrica lucha -exterminio, más bien- entre dos especies de hormigas (Vecinos animales).

Una decisión personal será también la de que el hombre fluya hacia Dios cuando se abre el canal de la pureza. A ello se refiere cuando habla de Verdad, pues Verdad es siempre la particular de cada uno. De este modo, todo hombre construye un templo: su cuerpo para el Dios al que adora (Leyes superiores).

Curiosamente, no será hasta el bien avanzado capítulo de Las lagunas, que conozcamos la precisa descripción y características del entorno de Walden, vistas por su prosista y residente. Como conclusión adicional, advierte Thoreau de que el hombre adopta un camino de obediencia y conformidad a las leyes de un gobierno justo… si lo encuentra, pese a lo cual, hacen falta nuevas leyes liberales si seguimos nuestros sueños (Conclusión). A Thoreau le parece que conforme simplificáramos nuestra vida, las leyes del universo nos parecerían menos complejas. Esto, porque las cosas no cambian, cambiamos nosotros (Conclusión).

Escrito por Javier C. Aguilera


Media guerra, de Joe Abercrombie

12 junio, 2017

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Detrás de cualquier conflicto, subyacen intereses personales de quienes dejan a otros morir sin saber nunca por qué estaban luchando realmente. En la trilogía del Mar Quebrado, Joe Abercrombie ha tratado siempre de dejar al descubierto los finos hilos en que sus personajes están envueltos sin saberlo, hilos que mueven aquellos que tienen acceso a la sabiduría escrita, a la historia, a la comunicación y, por supuesto, al poder, aunque siempre a la sombra de las grandes figuras. Por ello, el auténtico hilo conector de toda la trilogía ha estado en un segundo plano mientras observábamos qué les pasaba a quienes caían en esos hilos. O si acaso podían descubrirse como marionetas y hacer algo para evitarlo.

Como sucediera en Medio mundo (2015), el foco narrativo varía hacia otros protagonistas. Si en el primer volumen había sido uno, Yarvi, y en el segundo, dos, Espina y Brand, en esta tercera ocasión serán tres: la princesa Skara, el guerrero Raith y el aprendiz de clérigo Koll. Desde sus puntos de vista, obtendremos una panorámica de lo que sucede en la guerra contra el Alto Rey, una panorámica representativa, dado que los tres representan por una parte a las tres naciones alzadas (Gettlandia, Vasterlandia y Trovenlandia) con sus respectivas características particulares, y también a tres estamentos privilegiados distintos: la nobleza, el ejército y la religión.

En cuanto a la trama concreta, la primera historia, Medio rey (2014), nos había narrado una odisea que prendía la llama de la venganza de Yarvi, mientras que la segunda, Medio mundo, era una auténtica aventura con el desarrollo de la venganza de fondo y con un clímax potente en torno a un gran duelo final. Esta tercera y concluyente novela nos llevará al caos producido por Yarvi en el mundo del Mar Quebrado, donde se ha iniciado una guerra cruenta en la que todo vale, incluso las alianzas más inesperadas y siniestras o el rescate de objetos prohibidos. 

De esta forma, todo comenzará con el desgarro que se produce en la vida de la princesa Skara, cuando debe huir de su hogar para sobrevivir y convertirse en la única y legítima heredera del reino de Trovenlandia. Cuando el líder del ejército del Alto Rey, Yilling el Radiante, comience a destruir su país, ella deberá buscar la ayuda de sus aliados y comenzar a liderar en medio de la disputa. Así, se convertirá en el personaje que más evolucione y que más juego otorgue a lo largo de la trama de esta entrega, endureciendo su forma de ser desde su inocencia inicial hasta la orgullosa y astuta reina en que se convertirá, siendo capaz de participar en el juego de la guerra no desde la batalla, pero sí desde el campo de la dialéctica. Esa será, como se indicará en varias ocasiones, su media guerra.

Junto a ella, el sanguinario Raith, un guerrero de Vasterlandia fiel a su rey, Grom-gil-Gorm, a quien sirve como portaespadas y su copero. Desde su actitud belicosa inicial, deberá adoptar decisiones que lo apartan de aquello en lo que creía y comenzará a darse cuenta del vacío que supone ser un asesino, aunque descubra también que es lo único que se le da realmente bien.

Por su parte, Koll se convierte en el personaje más simpático del trío, a quien ya conocíamos desde su mención en la primera historia y su presencia en la travesía de la segunda aventura de la trilogía. Será quien tenga desde el principio dos caminos entre los que decidirse, caminos opuestos entre lo que quiere y que siente que debe hacer. Además, será quien mantenga el foco puesto en Yarvi para poder seguir viendo sus pasos y con el que tengamos una mirada más limpia de los terribles acontecimientos bélicos o de los inquietantes pasajes con los que cuenta la novela en ciertos momentos. Al poner todo el peso de la trama, incluyendo el final, en nuevos personajes, da cierta sensación de lejanía con los hechos que se narran, en los que suelen estar involucrados personajes ya conocidos anteriormente.

Como mencionábamos, Skara demuestra una gran valía como personaje y nos acerca a una faceta distinta a la que nos ofrecía Espina en el segundo libro, pero al compartir protagonismo con otros dos personajes, puede resentir nuestra empatía con ella. Sobre todo cuando con Koll existe una conexión más cercana por ser un personaje al que ya conocíamos. Y la tercera pieza en juego, Raith, asemeja su recorrido vital a lo que vimos de Brand en Medio mundo, solo que con un carácter más bélico. Por contra, personajes que habían tenido gran relevancia, como Espina Bathu o Brand, acaban por convertirse en sombras hasta llegar incluso a estar en un tercer plano, algo que también le ocurrió al rey Uthil respecto a su rol en Medio rey o a Sumael, quien acaba por diluirse por completo, junto a la Emperatriz del Sur, que pudo considerarse un preludio del personaje de Skara. Tan solo Yarvi consigue mantenerse como protagonista en las sombras.

Regresando a Media guerra, los tres protagonistas tienen en común la elección que deben tomar respecto a cómo ser en sus vidas y cómo actuar ante lo que está por venir. Por ejemplo, Skara deberá escoger entre sus miedos y su deber como reina, entre lo que debe ceder y lo que quiere conseguir, entre hallar la victoria y no seguir perdiendo. Y para ello, Abercrombie no abandonará nunca la duda en la que viven los personajes o la existencia de estas dos partes; es decir, incluso cuando Skara opta en algunos momentos por cumplir con su deber como reina, el autor no olvida mostrar sus miedos, cómo realmente se siente frente a lo que aparenta o qué desearía en realidad. Al final, es cierto que algunas de estas elecciones vitales son evidentes por dónde se desempeñarán desde un inicio, como quizás es el caso de Koll, aunque otras llevan a caminos curiosos, como ocurrirá con Raith. 


En la elección de los personajes reside el carácter juvenil que se ha otorgado a esta trilogía, dado que siempre estamos ante personajes en evolución, casi adolescentes que deben tomar la decisión de qué tipo de adultos quieren ser, aunque el mundo en el que viven no sea el nuestro. En este sentido, es curioso observar cómo junto a Skara vemos también la evolución de su nueva clériga, Owd, la de Raith o incluso la compostura de Jenner, un viejo lobo de mar que, a su edad, también decide poner otro rumbo a su vida, mostrando que siempre puede presentarse una oportunidad para cambiar nuestro estilo de vida. No obstante, a pesar de esa necesidad de contar el crecimiento de un personaje, lo cierto es que Mar Quebrado tiene un hilo conductor que ya hemos mencionado y que es la causa de todos los acontecimientos: la venganza de Yarvi.

Por ello, si ya resultaba curioso cómo se alejaba de él para poner el foco en otros personaje sen Medio mundo, llega un punto en Media guerra en que estamos demasiado alejados de él como para acabar de comprenderlo, incluso aunque el autor le otorgue voz para explicarse o para que otros personajes, como Koll o incluso Skara, lo hagan por él, como ya sucediera al final de Medio rey entre Yarvi y la madre Gundrig o también al término de Medio mundo entre Brand y Yarvi. Al final, siempre hay alguien que mueve los hilos y el autor quiere dejar claro que también existen personas capaces de percibir cómo se mueven o incluso de tratar de alterarlos, como sucederá en esta última ocasión. Resulta llamativo cómo, llegado el caso, el comportamiento del clérigo puede llegar a sorprendernos, dado que no hemos podido percibir bien su evolución interna en el tiempo transcurrido entre su odisea y los acontecimientos actuales. En cualquier caso, Abercrombie siempre ha jugado sus cartas hacia el gris, por lo tanto, es lógico que todos los personajes lleguen a mostrar tanto lo mejor de sí mismos como lo peor. Y en esta cuestión, Yarvi es el ejemplo más representativo, llegando a ser incluso demasiado agrio, pero, sin duda, se convierte en el personaje con mayor trayectoria de toda la trilogía.

La balsa de la medusa (1819), de Théodore Géricault
Cabe mencionar el detalle de las apariencias engañosas, cuestión también presente en la trilogía. Existen varios ejemplos: la incapacidad física de Yarvi frente a su gran poder estratégico, la débil apariencia física del Alto Rey frente a su poder en los reinos o, finalmente, la fragilidad que desprende la abuela Wexen frente a su alargada sombra de poder o la sensación de amenaza que transmitía. A ello hemos de unir la cuestión de los prejuicios, como los habituales e inconscientes enfrentamientos entre las dos naciones vecinas, Gettlandia y Vasterlandia, o incluso cómo la repetición de una serie de ideas en torno a una persona moldean su autopercepción, como ocurre con Raith frente a su hermano Rakki, sobre todo en cuestión de ver cuál de los dos es el listo.

Por último, el clímax de la historia narrada en Media guerra acaba siendo una escena veloz, tremenda y confusa, mientras que lo que debería haber sido el clímax de toda la trilogía se siente insuficiente y vacío. Si la intención de Abercrombie era transmitir ese sentido de vacuidad tras cumplir con una venganza, lo consigue sin lugar a dudas. En todo caso, le falta cierta contundencia al final, que en algunos aspectos queda abierto y con algunas cuestiones no abordadas debidamente. Por ejemplo, la presencia del príncipe Varoslaf con el que negocia la reina Laithlin a mitad de la obra, incluyendo la reaparición de cierto personaje antiguo que vuelve a desaparecer sin más repercusión, o la auténtica motivación de la antagonista, la abuela Wexen, cuya adoración a la Diosa única queda como una cuestión menor, en el aire. En este sentido, hemos sentido que ha habido una venganza, pero nunca percibiremos la magnitud de aquello con lo que se ha luchado. Sobre todo cuando, hacia el final de la novela, se nos muestra cómo la historia es cíclica y vuelven las viejas costumbres pero con nuevas personas ocupando las posiciones de siempre.

En definitiva, Media guerra culmina una propuesta de novela fantástica y juvenil bastante atractiva y madura, capaz de explorar los aspectos más grises de sus personajes sin caer en maniqueísmos habituales o prestarse a una lucha entre el bien y el mal. Quizás podemos sentir que el autor desaprovecha en ciertos momentos sus creaciones más atractivas o que quedan cabos sueltos e inexplorados en esta historia, que quizás se solventen con otras historias sobre este mismo mundo del Mar Quebrado. Mientras que otras cuestiones quedan más a la interpretación del lector, aunque con suficientes pistas por parte de Abercrombie, como la identidad de los antiguos elfos o la realidad de su magia

No obstante, siempre hay misterios que resolver incluso en nuestro mundo real, por lo que, ¿por qué no iban a existir en un mundo distante e inventado? Como existen las injusticias, la violencia, la sexualidad o los momentos de indecisión incluso entre adultos. Por todo ello, la coherencia y la madurez con la que está narrada la historia le otorgan a esta trilogía una excelente consideración y, sin duda, la hacen una obra muy recomendable. 

Escrito por Luis J. del Castillo




El autocine (XXXVIII): Vuelo a Marte, de Lesley Selander, y Bajo el signo de Ishtar, de Virgil W. Vogel

10 junio, 2017

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Una vez más, cedemos nuestro apartado mensual de El Autocine a ese tipo de películas algo particulares, por no decir disparatadas, que pese a su escaso presupuesto, tuvieron la virtud de estimular grandemente la imaginación. Producida por Walter Mirisch (1921), escrita por Arthur Strawn (1900-1989) y dirigida por el realizador especializado en westerns, Lesley Selander (1900-1979), Vuelo a Marte (Flight to Mars, 1951) fue una producción de la compañía artesanal Monogram, más tarde convertida en Allied Artist, tras su fusión con Republic Films.

Como una constante en el planteamiento de la historia, cabe señalar el hecho de que no están nada claras las posibilidades de poder llegar… o regresar de Marte, por parte de militares, ingenieros, astrónomos o incluso de la propia tripulación de la que va a ser nuestra primera visita al planeta. El universo que hay ahí fuera supera nuestra comprensión, resume el ingeniero Jim Barker (Arthur Franz), que forma parte de la expedición; el profesor Jackson (Richard Gaines), otro de sus componentes, aún va más lejos, ¡expresándose casi como si ya estuviese muerto!

En una idea simpática, y para ir entonando el plano, los sofás y sillones que aparecen en los prolegómenos al lanzamiento son de color rojo. No es la única disculpable ingenuidad, destacando la circunstancia de que, pese a los avances técnicos que permiten el viaje, el periodista Steve Abbott (Cameron Mitchell) se vea obligado a enviar sus periódicos reportajes en unas cápsulas con forma de torpedo, en tanto que la tripulación se comunica con la base por radio (hasta que esta deja de funcionar). Una tripulación que, en el colmo de la sofisticación, cuenta con una cómoda gravedad en el interior del cohete.


Pero que todo sea de andar por casa no es impedimento para poder entretenerse. La travesía es interesante, en el sentido de que, en este segmento ya se argumenta, por boca del profesor Lane (John Litel), la posibilidad de existencia de otros universos además del nuestro, o con que, a su vez, los seres humanos somos como unos universos en miniatura.

La misión pasa por ciertas dificultades, pero sus miembros optan por seguir adelante e intentar la feliz arribada. Así, tras comprobar los daños debidos a una luminosa lluvia de meteoritos, y con el acompañamiento durante el trayecto de la partitura compuesta por el nada desdeñable Marlin Skiles (1906-1981), los expedicionarios tocan puerto tras superar la barrera de los temores del cómo y dónde aterrizar.

Tras el descenso, los terrestres descubren, para su sorpresa, unas formaciones artificiales que les predisponen a entrar en contacto con la civilización responsable. Esta les depara un cordial recibimiento, porque como sucede con los seres humanos, la vileza y la hipocresía se agazapan en el interior de (algunos de) los marcianos, confeccionados a imagen y semejanza de nuestra propia humanidad.


La comunicación se produce en idioma inglés pues, como explican los habitantes de Marte, han venido captando las señales terrestres enviadas al espacio (lo que les ha permitido conocer algunos de nuestros idiomas). El problema surge, como ya he señalado, cuando, de forma muy civilizada, una facción marciana planea la conquista de la Tierra valiéndose de la tecnología terráquea, porque su planeta se muere cada vez más. Algo que pretenden llevar a cabo copiando el cohete terrestre. De hecho, marcianos y humanos son lo mismo, antropológica y psicológicamente, pues ambos actúan y sienten igual. Hasta Jim Barker queda embelesado por la lugareña Alita (Margaret Chapman), dejando de lado a su compañera, la científica Carol Stafford (Virginia Huston), que, finalmente, tendrá la ocasión de rehacer su maltrecha vida sentimental con el predispuesto Steve Abbott. Por su parte, Alita ayuda a los visitantes a poder huir sin mayores percances, y con la promesa de un mejor entendimiento entre ambas culturas, tan parecidas.

Pese a que por obvios motivos crematísticos, Vuelo a Marte adolece de una mayor abundancia del paisaje marciano (aunque sea pintado, al estilo de los excelentes logros de Chesley Bonestell [1888-1986]), esta adaptación encubierta de la novela Aelita (Ídem, 1923; Biblioteca del Laberinto, 2006), de Alekséi Nikoláyevich Tolstoi (1883-1945), cuenta con los interesantes decorados minimalistas de Ted Haworth (1917-1993), encargado de La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Donald Siegel, 1965), y con los modestos pero eficaces efectos visuales de Jack Cosgrove (1902-1965), Jack Rabin (1914-1987) e Irving Block (1910-1986), responsables, a su vez, de los de Invasores de Marte (Invaders from Mars, William Cameron Menzies, 1953), Cohete K-1 (Rocketship K-M, Kurt Neumann, 1950), Kronos (Ídem, Kurt Neumann, 1954) o Un mundo sin fin (World Without End, Edward Bernds, 1956). Además, en dicha categoría, Cosgrove participó en Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, Victor Fleming, 1939) y Juan Nadie (Meet John Doe, Frank Capra, 1941), Rabin en La noche del cazador (Night of the Hunter, Charles Laughton, 1955), y en el caso de Block, este fue co-autor del relato que daría pie al excelente Planeta prohibido (Forbidden Planet, Fred M. Wilcox, 1956).

Y de la exploración espacial a la de nuestro propio mundo en Bajo el signo de Ishtar (The Mole People, Universal, 1956), inspirado título en español para una esforzada aventura con arriesgados expedicionarios, medio filólogos medio arqueólogos. No en vano, entre las más antiguas creencias está la de que la Tierra es (semi) hueca, como la cabeza de algunos. De hecho, lugares mágicos y sagrados ya han sido descritos desde época precolombina, como el Cerro Uritorco en Argentina. Son emplazamientos para seres de todo tipo, materiales o espirituales, de esta u otras dimensiones.

Corpóreos son, sin duda, los que encuentran los expedicionarios de Bajo el signo de Ishtar, aunque eso sí, sujetos a unos ritos y costumbres totalmente ajenos a las nuestros, más que a causa del espacio que habitan, por todo el tiempo transcurrido. La civilización de los seguidores de la diosa mesopotámica ha subsistido como un compartimiento estanco.

Para el sábado noche (LXI): Misión a Marte, de Brian de Palma

06 junio, 2017

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En Marte las tormentas de arena son monumentales, pero la que afecta a los tripulantes de la primera misión terrestre que aterriza en el planeta presenta unas peculiaridades que hacen dudar de si estamos ante un fenómeno atmosférico o inteligente; ante una naturaleza hostil u otra forma de vida. Irónicamente, el fenómeno, letal para la vida de estos primeros exploradores, será el que ponga al descubierto uno de los más grandes enigmas de la moderna exploración del espacio: las pruebas de una civilización ajena a la terrestre. Pero una particularidad de Misión a Marte (Mission to Mars, Touchstone-Columbia Pictures, 2000), es que dichas pruebas casi permanecen en el anonimato, o al menos, no se confirman hasta la llegada de una segunda expedición.

El riesgo que asumen todos los pioneros del espacio, desde que se batió la barrera del sonido en 1947, se pone de manifiesto, en esta ocasión, por medio de una planificación clara y precisa, en la antedicha secuencia del vórtice de arena y en otras posteriores, aunque antes de que esto suceda, el realizador Brian de Palma (1940) ha mostrado los prolegómenos de la primera misión en casa de uno de los expedicionarios, Luke Graham (Don Cheadle), a través de uno de sus característicos planos-secuencia.

Es la presentación de todos los personajes principales, los que van a partir y los que parecen destinados a permanecer en la Tierra. En el caso del astronauta Jim McConnell (Gary Sinise), la muerte de su esposa Maggie (Kim Delaney), también partícipe del programa espacial, le afectó hasta el punto de replegarse y perder la ocasión de comandar esa primera misión a Marte.


Estamos en el año 2020 (ya no llegamos ni queriendo) y tras el incidente de esta primera toma de contacto marciana, la situación se da la vuelta y hace que, el que estaba condenado a ver pasar el cohete de largo en la estación espacial, pase a formar parte de la siguiente expedición al planeta vecino. La suerte, buena o mala, si cabe tal distinción, será un factor insoslayable para la mayoría de los protagonistas, ya que propone un destino que está jalonado de escalones dramáticos. Hasta el punto de que, incluso quien se muestra menos proclive a creer en una realidad ulterior a nuestros sentidos, como Woody Blake (Tim Robbins), resulta fundamental a la hora de hacer avanzar toda la operación.

El misterio que afecta a estas primeras y accidentadas misiones a Marte queda bien dosificado y visualizado, sin volver loca la cámara, como por desgracia ocurre en tantas ocasiones. Las razones las hallamos, obviamente, en la referida planificación de un realizador de raigambre clásica (es decir, moderna). La huella dejada en el suelo (terrestre) por Jim McConnell, no solo expresa la frustración de una oportunidad perdida, sino que anticipa el futuro del astronauta en el organigrama del universo. Algo que también afecta a los afanes, ciertamente muy humanos, del explorador robótico que nos enseña por primera vez la superficie del planeta, y que será el mismo que transmita la señal identificativa de un código cósmico en el último tercio de la película.


La compenetración entre los personajes por medio de planos largos, desde el inicial (en el que se intercalan los títulos de crédito), a otra toma similar en el espacio, donde la nueva tripulación interactúa con la ingravidez, es una espléndida resolución del director, a la que se suman algunos aspectos argumentales, como el hecho de que Woody muestre su lealtad hacia McConnell, al volver a proponerlo para la siguiente misión, o que el lector de La isla del tesoro (Treasure Island, 1883), de Robert Louis Stevenson (1850-1894), se convierta él mismo en un náufrago como Ben Gunn. Hasta los personajes desaparecidos tienen su importancia en este sentido, siendo, precisamente, la esposa fallecida la que facilita el núcleo argumental del relato, al comentar en un vídeo doméstico que el universo es conexión. Entre otros aciertos narrativos y visuales está el de que los líquidos, incluida la sangre humana, evidencien las brechas causadas en la nave por unos micro-meteoritos.

El caso es que, durante la inserción orbital, una explosión de parte de la carga de flujo (un accidente similar al del Apolo XIII), hace que los astronautas se vean en la necesidad de abandonar la nave para tratar de alcanzar un módulo de reabastecimiento que está en órbita. Un segmento magníficamente filmado y que se beneficia de la partitura compuesta por Ennio Morricone (1928), con la incorporación de un solemne órgano a la orquestación. De hecho, en el logro considerable que supone esta epopeya casi minimalista, cabe destacar la filmación de unas elaboradas maquetas y de unos exteriores reales (pintados de rojo), fotografiados por Stephen H. Burum (1939), que hacen creer en lo que se ve (lo que no siempre logran los ordenadores), en un ejemplar trabajo artesanal que se fusiona sin dificultad a los efectos digitales que componen el resto de los planos, como el vórtice de arena o algunas figuras virtuales.

En este sentido, la acción no ocupa más protagonismo que los sentimientos de los personajes o la asunción del misterio que los acaba por envolver. Valga como ejemplo, el plano, sin diálogo, en el que estos vuelven a arriar la bandera, seguido por el saludo a las que son las primeras tumbas de seres humanos en un planeta extraño. Pese a lo cual, la última pérdida humana no será tal, sino el próximo eslabón que media entre el pesar del vacío existencial y el descubrimiento de otro nuevo mundo.


Recientemente recordábamos cómo la vida pudo proceder de cometas y meteoritos, a lo que podemos añadir que incluso de los venidos de Marte. Es la premisa con la que juegan los guionistas de Misión a Marte, Graham Yost (1959) y los hermanos Jim y John Thomas (-), en la que, la vida en el planeta se muestra a los colonos tanto a nivel geológico como biológico (aún en su faceta virtual, por medio de una proyección marciana), siendo curioso como toda una retahíla de desastres culmina en un descubrimiento sensacional.

Pese a unos intertítulos prescindibles (no demasiados, por fortuna), Misión a Marte sigue siendo la optimista y heroica crónica de los primeros colonizadores de un planeta tan fascinante como misterioso (por su órbita sumamente excéntrica y su escasez de campo magnético), víctimas involuntarias de un fenómeno artificial (a causa de un malentendido entre las señales, es decir, en la comunicación), así como testigos directos de un plan mucho más amplio que, de momento, se nos escapa.

Escrito por Javier C. Aguilera


Spider-Man 3, de Sam Raimi

04 junio, 2017

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En la línea de las anteriores entregas, Sam Raimi volvía a exponer en Spider-Man 3 (2007) un relato en el que el protagonista se enfrentaba a las consecuencias de sus actos. Sin embargo, la diferencia radical era que su máximo enemigo era él mismo. Sin duda, la idea primigenia de esta obra era válida, dado que continuaba en la misma línea de la franquicia, hacía avanzar al personaje y daba un cierre a algunas de las subtramas abiertas anteriormente. Sin embargo, al final, observamos cómo la película trata de abarcar demasiado, cae en momentos ridículos y se queda más en un deseo de lo que podía haber sido, en un espectáculo que desmitifica el desarrollo logrado hasta el momento, que en una digna conclusión.

Después de los acontecimientos de Spider-Man 2 (2004), la vida le sonríe a Peter Parker (Tobey Maguire), que mantiene vivo su romance con Mary Jane (Kirsten Dunst), y a Spiderman, el aclamado héroe de Nueva York. Pero continuar con esa felicidad no resultará sencillo: Harry Osborn (James Franco) está deseando vengarse por el asesinato de su padre, Norman (Willem Dafoe), el auténtico asesino de su tío Ben, Flint Marko (Thomas Haden Church), se convierte en el villano Sandman accidentalmente, la relación con Mary Jane comienza a empeorar y, para colmo, una extraña sustancia venida del espacio parece manipular las emociones de nuestro superhéroe.


Observando la sinopsis, resulta evidente que estamos ante demasiadas líneas a desarrollar argumentalmente, especialmente cuando el director trata de finalizarlas todas en una misma película. Por una parte, todas las líneas tienen como objetivo la evolución del protagonista y su lucha no tanto con los enemigos a los que se enfrenta como consigo mismo.

El primer tramo nos enseña a un héroe admirado y a una persona feliz, excesivamente confiado. Será la primera ocasión en esta trilogía en la que veamos a un Spiderman perspicaz y socarrón, incluso en exceso, tanto que provocará algunas incoherencias, como que se convierta en alguien egocéntrico o acabe olvidándose de los momentos especiales vividos con Mary Jane, a quien siempre había demostrado devoción. Por no mencionar que la relación romántica nunca ha sido el punto más fuerte de esta franquicia dirigida por Raimi, pero que aquí llega a patinar con la aparición de una simplona e innecesaria Gwen Stacy (Bryce Dallas Howard).


A su vez, se nos presenta la historia de Flint Marko como prófugo que delinque por su hija, tratando de ofrecer una visión trágica sobre el personaje en la línea del doctor Octopus. Sin embargo, su historia se siente vacía y demasiado artificial: se nota que se busca la empatía del espectador de tal forma que cuando Spiderman le derrote por primera vez, sintamos lástima por el delincuente. Resulta curioso pensar que el superhéroe se convierte en villano al tratar de vengarse, una idea que es muy atractiva, pero que se ahoga entre tantas otras y acaba por sentirse hasta infantil por la forma en que se enfoca.

Por ejemplo, la presencia del fotógrafo rival, Eddie Brock (Topher Grace), aún más estereotipado que Marko, quien acabará por convertirse en un Venom bastante descafeinado y con una profundidad paupérrima. Ninguno de los dos llegará a tener el carisma de Duende Verde, a pesar del histrionismo de Dafoe, o de Octopus, que equilibraba mejor su tragedia y su amenazante presencia.


Mejor suerte hubiera tenido el Nuevo Duende que encarna Harry Osborn con una mejor planificación y una interpretación menos histriónica. El personaje no necesitaba nada más para lanzarse a luchar con Spiderman gracias a la evolución sufrida desde el final de Spiderman (2001), por lo que desde un principio comienza esa persecución entre ambos. Quizás se note precipitado y así lo tuvo que sentir Raimi, que pronto decide abrir un paréntesis para el personaje mediante una amnesia en lugar de haber permitido que Harry desarrollase su plan de venganza desde las sombras desde un principio.

Por suerte, el Nuevo Duende nos ofrecerá algunas de las mejores escenas de acción, tanto con la persecución inicial como con la batalla a puñetazos en su casa, ambos sirviendo de contrapunto al comportamiento de Spiderman antes y durante el efecto del simbionte. Lástima que la conclusión del combate en casa de Osborn acabe con una incoherente explosión que no mata al personaje a pesar de producirse a su lado. O que la redención del personaje llegue de manera repentina, a través de la confesión de un personaje menor y casi hecho ex profeso para esta entrega.


En otro sentido, el gran villano de Spider-Man 3 es el propio Spiderman en esa versión maligna en que se torna por culpa no solo del simbionte que le vuelve más poderoso y agresivo, sino también de todo lo que contenía Peter en su interior: la rabia, el ansia de venganza, la desconfianza y la frustración sentidas. Y aunque todos estos aspectos se muestran con bastante acierto en un primer momento, cuando Spiderman combate con Harry por ejemplo, después se corona en una de las secuencias más ridículas y vergonzosas que se recuerdan. Cuando llegue el arrepentimiento y el sentido de culpabilidad, se seguirán acumulando los desaciertos de guión hasta culminar en una espectacular batalla en la que faltan los lazos emocionales o los existentes se notan artificiales. Precisamente, el epílogo trata de mostrarnos un momento más intimista que no puede hacernos olvidar todos los defectos que ha ido sumando la película.

Quizás hubiera sido mejor decisión dedicar esta película a concluir el arco argumental de Harry Osborn en busca de un combate entre amigos, incluyendo quizás a Sandman como enemigo menor, pero relevante para que Spiderman se torne vengativo. Así se hubiera abierto la puerta a Venom en una entrega posterior, pero no se hubiera finalizado con un personaje tan pobre como el Eddie Brock de esta entrega. O incluso se hubiera trabajado con un posible Lagarto, gracias a la aparición del doctor Curt Connors (Dylan Baker). Sin embargo, ocurrió al contrario: se puso demasiado el foco en Venom incluso en la promoción de la película, cuando sin duda es lo peor de la cinta. Por cierto, en relación a otros personajes, la tía May (Rosemary Harris) proseguirá como aleccionadora moral mientras que J. J. Jameson (J.K. Simmons) ofrece la visión más ridícula de la caricatura que ya era el personaje.


Spider-Man 3 supuso una decepción para público y crítica, pese a que su pretensión era sorprender, fascinar y entretener. Se dieron demasiadas vueltas al protagonista, quizás con buenas ideas pero mal ejecutadas. También se introdujeron demasiadas tramas; ello a pesar de que las otras entregas habían funcionado mejor con dos tramas principales paralelas, la que dividían la vida del personaje entre Peter Parker y Superman, estando la historia del villano relacionada de forma directa con estas dos tramas.

Por no mencionar la cantidad de hechos que suceden por exigencias del guion y no de forma natural: el meteorito al lado de Peter, la introducción de un auténtico asesino del tío Ben, la amnesia de Harry o la actitud egocéntrica inicial de Parker. El intento de crear espectáculo con un combate final donde brillan los efectos especiales no borra la sensación de haber visto una película inmadura, ridícula en varios tramos y que no nos dejó la mejor versión del héroe arácnido. En conclusión, el intento de cierta ostentación efectista y melodramática arruinó la sencillez narrativa más efectiva de las entregas anteriores.


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