Clásicos Inolvidables (CXXX): El estudiante de Salamanca, de José de Espronceda

23 mayo, 2017

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En muchas ocasiones, desde una óptica heredada de la experiencia académica más superflua, se tiene una visión reducida de lo que fue el Romanticismo. Por ejemplo, considerarlo tan solo como un conjunto de obras amorosas o trágicas, sin percibir que detrás de esa elevación de los sentimientos, del lado más irracional del ser humano, se halla también la reflexión de una serie de intelectuales. Pero además, el Romanticismo nos ha dejado textos muy atractivos y que han llegado a calar en la imaginería popular, sin olvidar su influencia en el cine o incluso en nuestra forma actual de entender las relaciones humanas.

En España podemos considerar que el movimiento sufrió cierto retraso y aunque no nos legó una vasta obra narrativa, a diferencia de las grandes y entretenidas novelas escritas tanto en Reino Unido como en Francia, sí dejó una huella innegable en el teatro y, sobre todo, en la poesía. Una poesía que no puede quedar reducida tan solo a las -ya postrománticas- Rimas de Bécquer (1836-1870); al contrario, no debemos olvidar la obra de autoras como Rosalía de Castro (1837-1885) o Carolina Coronado (1823-1911), a las que deseamos tratar en próximas reseñas, o a la del gran poeta que fue José de Espronceda (1808-1842).

Como sucediera con José Zorrilla (1817-1893), la vida de Espronceda fue apasionante. Hijo de un militar, ya de niño bordó la picaresca y a la joven edad de quince años trata de inmiscuirse en política junto a unos amigos, jugando a las conspiraciones y a las sociedades secretas. Poco tiempo después viajará por Europa, llegando a convertirse en un exiliado liberal. 

A su regreso a España tras la amnistía de María Cristina en 1833 se sumergirá en la vida política mientras mantenía un idilio con Teresa Mancha que finalizará cuando ella fallezca en 1839. Apenas tres años después finalizará la vida del poeta a causa de la difteria, dejando inacabado su poema El diablo mundo. No obstante, su trayecto vital no finaliza aquí, dado que gracias a la fama que había adquirido llegará a convertirse en personaje en la pluma de otros autores, incluyendo su presencia en los Episodios Nacionales de Pérez Galdós (1843-1920).

Aunque llegó a escribir prosa y teatro, su obra más destacada es la poética, en la que encontramos varios ejemplos que han trascendido a la cultura popular, como su célebre Canción del pirata (1835), reflejo de rebeldía y búsqueda de libertad, sin olvidar también la forma en que dejaba constancia del fracaso de la sociedad en poemas como El verdugo o El reo de muerte. En esta ocasión, nos acercamos al que ha sido considerado su mejor poema: El estudiante de Salamanca (1840).

La obra tiene un carácter narrativo desplegado en cuatro partes que dividen sus 1704 versos de manera desigual. La historia que Espronceda transmite en el poema es la de don Félix de Montemar, un donjuán que tras deshonrar a la joven Elvira y provocar su muerte, afrontará un castigo procedente del mundo espectral. Su argumento procede del mito del Don Juan creado por Tirso de Molina en El burlador de Sevilla (1630), que tan bien recuperaría Zorrilla posteriormente con su Don Juan Tenorio (1844). Sin embargo, lo más interesante no es su versión de la historia, sino su elaborado trabajo poético.

Así pues, a nivel de contenido encontramos una mezcolanza que reúne diferentes elementos de la tradición literaria que pasan por el prisma del romanticismo gracias a Zorrilla. Así encontramos imágenes semejantes al descenso a los infiernos de Dante (1265-1321) en la Divina comedia, también estrofas que reflejan una danza macabra al estilo de las que encontramos en textos medievales, algunos elementos procedentes del teatro barroco, incluyendo la desdicha de la amada que provoca su fin, como sucede con Ofelia en Hamlet (William Shakespeare, 1601) o el ya mencionado Don Juan.

Danza macabra, grabado de Wolgemut (1434-1519)
Las tres primeras partes resultan similares en tamaño, aunque distantes en contenido y forma. El inicio recrea el ambiente nocturno y espectral que imbuirá toda la obra, mostrándonos el fin de un duelo entre desconocidos y finalmente las descripciones de don Félix de Montemar como un segundo don Juan y Elvira, su última víctima. Sobre ella ahonda la segunda parte, mostrándonos cómo creyó las promesas de Félix y se entregó a él, tras lo cual descubrió su traición y fue incapaz de seguir viviendo. Además de describir a la dama y su congoja, el poeta también cede la voz a la mujer ultrajada mostrándonos un estilo epistolar. No será la única vez que incluya dentro de la obra un estilo diferente, pues en la tercera parte empleará sus dotes teatrales, convirtiéndola de forma completa en una escena dramática en verso.

Esta tercera parte narra un juego de cartas al que llega Félix para participar, llegando a apostar algunos de los objetos que había obtenido de Elvira, incluyendo su retrato. Hacia el final, aparecerá don Diego para retar a muerte al arrogante estudiante con el fin de vengar a su hermana Elvira, momento en el que el personaje muestra su cinismo, llegando a ironizar sobre el suicidio de la joven. De esta forma, mantiene la distancia con el sentimentalismo más propio de un estilo novelesco, algo que también hará con el espiritualismo del final. Gracias a estas tres partes, el poeta no solo consigue presentar a los personajes y la situación concreta que desemboca en la cuarta parte, sino que también realiza una genuina e interesante mezcla entre los géneros literarios. También consigue entremezclar distintos tipos de versos, cuestión que llegará a su culmen en el desarrollo de la última parte.


La cuarta y última parte es la más larga, prácticamente la mitad del poema, y la que proporciona la unión idónea entre narrativa, teatralidad y la lírica más sugestiva. Podemos incluso señalar cómo el poema llega a alcanzar una cadencia musical que junto a algunas de las imágenes descritas han servido a varios críticos para marcar la influencia de la Sinfonía fantástica (1830) de Hector Berlioz (1803-1869). Espronceda elide el desarrollo del duelo para dejarnos directamente con su conclusión, enlazando a la perfección con el inicio del poema, ya que el duelo entre desconocidos era un principio in media res que después nos arroja a un flashback fragmentado hasta que en esta cuarta parte concluye el círculo y nos deja en el presente. A partir de ese momento se nos narrará el viaje de don Félix persiguiendo a una dama velada para tratar de conquistarla. Una travesía que se nota pesaroso, interminable, y que atraviesa parajes desconocidos hasta desembocar en la misma ciudad, pero en el entierro del propio Félix. Estamos ante un tenebroso viaje donde el escenario va cambiando grotescamente hacia el reino de la muerte, donde el protagonista seguirá manteniendo su libertad y su carácter mordaz.

En todo momento, el personaje seguirá a la dama sin que esta le incite o acaso le obligue; incluso ella le avisará de que a cada paso que avanzáis / lo adelantáis a la muerte. No se da ninguna explicación concreta a la curiosidad o al ansia del protagonista, pero en varias ocasiones se le presentará la oportunidad tanto de dejar este viaje como de abandonar su actitud arrogante. No será el caso. Al contrario, don Félix seguirá siendo osado. Por ejemplo, volverá a ironizar sobre la muerte de Elvira ante el espectro de don Diego, y aunque se sorprenderá y llegaré a sentir cierto temor ante su propio entierro, momento que sirve a Espronceda para incluir la duda del doble o doppelgänger, lo asumirá con cierto coraje e irreverencia, queriendo enfrentarse finalmente al Dios o al diablo. Finalmente, de nada le servirá su fútil repulsa, momento del clímax en el que se desvela el rostro de la dama de blanco y se produce la boda prometida.


Todo el camino se puede interpretar como un castigo hacia el carácter negativo de don Félix, como su donjuanismo, su rebeldía o su cinismo. No obstante, como ya advertíamos, el trayecto comenzó debido a su carácter, sin ser una obligación de alguna justicia ajena. Por último, de forma original, con una cadencia propia, Espronceda comienza a reducir la longitud de los versos para simular cómo se disipa la vida del protagonista. Tras lo cual, amanece y regresa la vida. Toda la ciudad despierta y se sella el paso del tiempo: el hombre muere, quizás por haber perseguido sus ansias, quizás por simple curiosidad estudiantil, pero el mundo sigue su curso. 

En su conjunto, El estudiante de Salamanca sintetiza los géneros en boga durante el Romanticismo mostrando el gran dominio literario de Espronceda. Y este hecho se refleja tan solo en las tres primeras partes, mientras que el cuarto desarrolla todo un viaje alegórico que puede interpretarse de variadas formas, aunque sin duda narra hechos inquietantes, que bien podrían encontrarse en una novela de terror o enlazarse con las obras góticas que ya estaban presentes en la literatura inglesa. No en vano se percibe la influencia de Lord Byron (1788-1824). Un viaje a los infiernos metafísicos de un personaje que peregrina en la libertad de su individualidad, admitiendo con ello cualquier consecuencia.

Escrito por Luis J. del Castillo



Spider-Man, de Sam Raimi

21 mayo, 2017

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Cuando pensamos en un superhéroe, es habitual pensar en sus grandes capacidades, en la seguridad con la que se desenvuelve y en cómo sale victorioso de los retos que van surgiendo en su vida. En la mayoría de casos, ha habido diversas historias sobre sus orígenes, mostrándonos sus primeras aventuras, su crecimiento y también sus fallos. En el caso de Spiderman, su historia en los cómics ha sido casi siempre la historia de ese crecimiento. Aunque es cierto que ha llegado a obtener su cénit como superhéroe, en él siempre ha jugado un factor bastante determinante la dualidad entre su vida privada como Peter Parker y el héroe arácnido de Nueva York. No en vano, en sus inicios era tan solo un adolescente que se convertía en un superhéroe por su cuenta y riesgo en una época en la que los adolescentes aparecían en los cómics como ayudantes o aprendices de otros superhéroes, al estilo de Robin con Batman.

Por ello, sin duda resultaba interesante acercarse a Spiderman desde esa perspectiva dual por la que seríamos testigos de cómo un tímido y solitario Peter Parker adquiría sus poderes y se convertía en el célebre amigo y vecino (o amistoso vecino) Spiderman, con mayor carisma y excentricidad, quizás por ser el refugio perfecto a la timidez de su alter ego. 

Y esa fue seguramente una de las ideas principales que recorre la trilogía dirigida por el director Sam Raimi (1959). Un cineasta que por entonces era conocido por sus películas de terror de cine B, entre las que se sitúa su célebre saga de comedia de terror The Evil Dead, iniciada en 1981, así como por haber participado en series de televisión de aventuras en las que trabajó en los noventa, como Hércules: Sus viajes legendarios (1995-1999) o Xena, la princesa guerrera (1995-2001). A colación del tipo de películas que pudieron influir en Spider-Man (2002), cabe rescatar también su película Darkman (1990), que podemos considerar una mezcla entre el argumento usual de una cinta B y una aventura de superhéroes.

Sam Raimi durante el rodaje
La historia nos lleva a la vida del introvertido Peter Parker (Tobey Maguire) está acabando su último año en el instituto. Su forma de ser junto a sus aficiones provocan que se convierte en víctima de la marginación de otros estudiantes, mientras que vive enamorado de su vecina desde que era un niño: Mary Jane Watson (Kirsten Dunst). Durante una excursión, una araña modificada genéticamente le morderá provocando que adquiera superpoderes. Tratando de aprovecharse de ellos, descubrirá que todo acto egoísta conlleva una consecuencia, y a partir de entonces tratará de emplear sus poderes para mantener a salvo a Nueva York como Spiderman. De manera paralela, Norman Osborn (Willem Dafoe), padre de Harry (James Franco), el mejor amigo de Peter, decide someterse a una prueba experimental a uno de sus productos con tal de no perder un contracto millonario con el gobierno. Ignorando las advertencias de sus científicos, provocará que una parte de él se convierta en el temible Duende Verde.

El argumento se desarrolla en tres apartados. El primero nos presenta a los personajes más relevantes y da origen tanto a Spiderman como al Duende Verde. Podríamos considerar que esta primera parte funciona como prólogo, incluso teniendo lugar de forma algo apartada a Nueva York, escenario permanente del resto de la película. Su conclusión supone la justificación de la vida heroica que decide adoptar Peter, mientras que las siguientes suponen la fama que adquiere como superhéroe y su primer encuentro con el villano antes de concluir en un tercer tramo dedicado a su enfrentamiento final, tras lo cual se sitúa un epílogo que cierra la película. 


De esta forma, podemos considerar que estamos ante una historia sobre los inicios de Spiderman unidos al origen de Duende Verde. En las siguientes entregas, también se trabajará el origen de los distintos villanos, mientras que sobre Peter Parker se seguirá tanteando la importancia que supone ser un héroe. El protagonista es una persona torpe e introvertida, considerado la figura un tanto nerd, aunque la película no desarrolla en exceso su cercanía a la ciencia, y que sufre acoso por todo ello. En este tipo de perfil encaja bastante bien la actuación que proporciona Maguire con cierto tono patético, que no resulta tan adecuado para lo pícaro que llega a ser el superhéroe cuando está enfundado en su traje. En esta situación descrita, sin tener ningún trauma o historia especial a sus espaldas, adquiere superpoderes con los que empieza practicando y, finalmente, jugando para conseguir un fin concreto y lúdico. Sin embargo, su irresponsabilidad le llevará a provocar una situación que le marcará profundamente, creándole un sentimiento de culpabilidad, como se reafirmará en Spiderman 2. No será el único efecto negativo que su nueva vida como héroe le provoque, dado que el propio final de la película supone otro hecho por el que aumentar su pesar.

En cuanto a Norman Osborn, estamos ante el usual enfrentamiento entre Jekyll y Mr. Hyde, que también pudimos ver en el personaje de Gollum. Como un empresario sin demasiados escrúpulos, su ambición le lleva a forzar un experimento que saldrá mal y que le arrastrará hacia un ansia de venganza y destrucción. Curiosamente, se trata de un personaje cercano a Peter que se vuelve maligno de forma indeseada y casual, cuestión que seguirá estando presente en toda la trilogía. Aunque la construcción del personaje resulte interesante, dado que la obra le otorga su propio espacio para desarrollarse y le otorga un final interesante, hay ciertos elementos cutres y grotescos, como su vestuario, o algo ridículos, como el histrionismo que llega a alcanzar en determinadas escenas la actuación de Willem Dafoe. Con todo, se convierte en uno de los elementos más reconocibles de esta primera aventura del hombre araña.


Ambos serán los personajes que más atención reciban y que más evolucionen, mientras que el resto resultarán excesivamente planos o arquetípicos. Será el caso de Mary Jane, que tan solo funciona como damisela en apuros, es decir, como justificación para que Spiderman se arriesgue en su empresa. En ese intento de relación romántica entre ambos personajes encontramos falta de química unida a unos diálogos que dejan bastante que desear. Además, aunque se le intenta dar un trasfondo con una familia rota o con un deseo de prosperar como actriz, nunca se pondrá el foco en la película en estos aspectos de forma determinante. Curiosamente, no será la única dama en apuros, dado que debemos sumar aquí a la tía May (Rosemary Harris), que también ejercerá como guía o conciencia en determinados momentos de la trilogía.

Junto a ellas encontramos a Harry Osborn, el hijo que se siente rechazado por su padre y que a pesar de ser amigo de Peter, se convertirá en una especie de rival romántico. Su desarrollo será mejorado a lo largo de la trilogía, hasta otorgarle un sentido más profundo del rol más estereotipado que tiene en esta primera entrega. Por último, debemos mencionar al tío Ben (Cliff Robertson), esencial por su legado moral a Spiderman, sin más, y a J. Johah Jameson (J.K. Simmons), que podemos incluir como el tipo de jefe cruel y despótico, casi paródico por entregarnos varios gags.


En el estilo que Sam Raimi despliega para esta primera entrega de su trilogía podemos percibir la influencia de su trabajo en series televisivas de la segunda mitad de los noventa. Por ejemplo, en el montaje notamos algunas escenas que tienen un evidente carácter televisivo, como el fundido entre varias tomas de la cara del protagonista superpuesta. Lo podemos percibir también en su nivel de acción, que en comparación a otras películas de superhéroes o a sus propias secuelas, es bastante flojo y artificial, incluyendo un prematuro CG y combates excesivamente coreografiados, cuestión usual en las series de aventuras.

Sobre los efectos especiales, encontramos buena una combinación entre los efectos realizados por ordenador y los artesanales, gracias a la preferencia de Raimi por este terreno donde se sentía más cómodo frente a los novedosos medios. No obstante, la parte realizada por ordenador ha envejecido bastante en determinadas secuencias donde no contaba con apoyo real. En otro orden de cosas, la música fue compuesta por Danny Elfman, habitual compositor de las películas de Tim Burton que ya había colaborado con Raimi anteriormente. Entre los composiciones de la cinta encontramos un tema principal que entremezcla la épica con cierto sentir esperanzador, siendo usuales los in crescendos que pueden remitirnos a los movimientos del propio Spiderman. De la misma forma que a los temas relacionados con el Duende Verde le otorga gran presencia a la percusión. No obstante, no resulta innovador y recurre a varios recursos seguros.


Sin duda, la película tiene un carácter bastante cercano al cómic, incluyendo la exageración de ciertos personajes que parecen tanto en actuación como en caracterización caricaturas de personas reales. También se nota la influencia del cine B en el uso de algunas técnicas, incluyendo ángulos poco naturales, o incluso en el argumento, con la presencia de científicos locos que también tendrá su correlato en la inmediata secuela. 

Todo ello lo convierte en una aventura entretenida y simpática, fácil de seguir, quizás típica y algo naif pero disfrutable, que no pretende simular lo que no es, ni aparentar más profundidad de la que tiene. Con el drama justo, el toque romántico de una relación que permanece entre tiras y aflojas y la dualidad de un protagonista bastante bien manejada.

Escrito por Luis J. del Castillo


Para el sábado noche (LX): Solo el cielo lo sabe, de Douglas Sirk

18 mayo, 2017

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La señora Scott (Jane Wyman) es viuda, no pertenece a ningún club social y sus hijos están estudiando fuera. Como tal situación es casi intolerable en la comunidad apacible de la que forma parte, no falta la buena amiga, Sara Warren (Agnes Morread), que trata de aliviar su soledad y consolarla, arreglándole citas con gente disponible. El problema es que a Cary Scott no le apetece compañía alguna, y menos la que le proporcionan los conocidos.

Pero las circunstancias cambian, y la viuda al fin se siente atraída por alguien que le gusta, y no solo en el sentido acostumbrado. No diré de nuevo que existe un problema, pero el caso es que Ronald Kirby (Rock Hudson), no solo es jardinero (en realidad, especializado en arboricultura), sino que es un hombre más joven. A la pareja no le importan en absoluto estos inconvenientes cuando, después de unos breves titubeos, decide establecer una relación duradera, pero, como queda dicho, estamos en una comunidad habitada por gentes que han instaurado un comportamiento estanco y rígido (de puertas para afuera). Las hay rencorosas y chismosas, pero también sensatas, como el médico del pueblo, Ben Hennessy (Hayden Rorke), o, finalmente, la misma Sara Warren.

No por casualidad, Kirby es definido como un tipo independiente y, por lo tanto, blanco del colectivo social. Precisamente por saber lo que quiere, será él quien tome la iniciativa a la hora de emprender y defender esta relación, ante las previsibles dudas “de entreacto” de Cary. Su toma de contacto ha respondido a cierta impulsividad, pero no a la típica, como antes señalaba, sino a la que nace de una necesidad de amistad y desemboca en el amor de dos personas, con todo lo que ello comporta (es decir, más allá del deseo, sin tener que prescindir de él, o superando objeciones como la diferencia de edad).


Tras los títulos de crédito iniciales, la cámara desciende desde un campanario, y en alguna otra ocasión empleará Douglas Sirk (1897-1987) esta perspectiva, materialmente ajena a los personajes, pero movimiento sumamente personal -moral, habría que decir-, que abarca a todos los habitantes del contorno. La amabilidad, la atención, la sinceridad, la intimidad y, finalmente, el amor, parecen pobres recursos cuando se han de enfrentar a las apariencias, los prejuicios y el yugo comunitario.

Entre los metomentodo están los propios hijos de Cary, Ned (William Reynolds) y Kate (Gloria Talbott), cuyo interés, en un principio, es que la madre actúe conforme a su edad y contraiga matrimonio con el único soltero de los alrededores, el educado pero fastidioso Harvey (Conrad Nagel). Ambos vástagos responden al canon del egoísmo adolescente, sobre todo el primero, pues solo a ellos les está permitido el coqueteo que conlleva el paso a la madurez, más evidente en la intelectual Kate que en el ingrato Ned. Los dos tienen derecho a buscar su lugar en el mundo; algo que niegan a la madre.

Pero para Kirby también habrá un recorrido. De hacer vida de soltero en una vivienda-invernadero, que es comparada con una urna, este pasará a la ilusión de una vida compartida, que la guionista Peg Fenwick (-) y el realizador expresan mediante la remodelación de un viejo molino que Kirby pretende convertir en un hogar para ambos. De forma simbólica, el resuelto pero maduro joven señala que una persona impaciente no puede cultivar árboles.


La puesta en escena de Douglas Sirk es siempre dinámica, en consonancia con el ánimo de los protagonistas más relevantes. Por ejemplo, Sara es activa e incisiva, y ataca la hipocresía de quienes resultan ser éticamente peores. De tal modo que, a la maestría del director, auspiciada por la producción de Ross Hunter (1920-1996), se avienen la edición de Frank Gross (1905-1960), el guión antes mencionado, en torno a un relato de Edna (1890-1964) y Harry Lee (-), con algún retruécano dramático hacia el final; la música de Frank Skinner (1897-1968) y, sobre todo, la espléndida fotografía en technicolor de Russell Metty (1906-1978). Este último ejemplifica cómo los árboles señalan el final de las estaciones, pese a lo cual, en la población, el tiempo parece detenido, aunque todo en él se repita cíclicamente, las visitas al club de campo y el trato con las amistades.

Este paso del tiempo y de las conductas anquilosadas, resulta mucho más cruel gracias al montaje, que contrapone las nuevas actitudes a las viejas. El precio de la aceptación es la espera y la resignación. Incluso, el dejarse dirigir por unos hijos que pretenden exigir la ejecución de lo conveniente a los demás. Al menos, hasta que el doctor Hennessy receta a la madre eso de que nunca es demasiado tarde; la mejor medicina cuando la gente le defrauda a uno.

Al hábil empleo de los colores y de los contrastes, entre lo sombrío y lo solar, se suman escenas magníficas, como aquella que culmina con un plano de Cary, viéndose así misma reflejada en la pantalla de un televisor, en lo que es una aterradora premonición o visión del futuro.


Por eso, la referencia a Henry David Thoreau (1817-1862) es de lo más pertinente. La trascendencia e independencia de juicio del escritor (del que pronto tendremos ocasión de hablar en este blog) casa bien con las perspectivas y aspiraciones de Ronald Kirby y sus amigos.

En otro buen apunte del guión, Ronald y Cary conocen de antemano que su relación no va a ser tarea fácil, y ella solicita la ayuda de él en este sentido. Debería ser tan sencillo, dos personas que se quieren, comenta la prevenida madre. Al fin, la fortaleza de su unión les hará enfrentarse a todas las dificultades, aunque Cari Scott se dará cuenta de que no ha pasado gran parte de su vida sacrificándose por los demás para acabar recibiendo semejante trato. En este sentido, la historia desarrollada en Solo el cielo lo sabe (All that Heaven Knows, Universal, 1955) es tanto amorosa como el retrato que muestra el dificultoso logro de Cary Scott en pos de su libertad.

Escrito por Javier C. Aguilera



Clásicos Inolvidables (CXXIX): Gibrán Jalil Gibrán

15 mayo, 2017

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El estar con uno mismo es un lujo cada vez más escaso y valioso. Pero lo que entendemos como paz del espíritu no es algo que tenga que estar reñido con la rutinaria ejecución de las obligaciones diarias, ni haya de proponer la renuncia hacia todo aquello que, de bueno, nos presenta el mundo actual. La amenaza proviene, más bien, del colectivismo más rancio, de las ideologías de la manada, que desembocan en la imposición de determinados tópicos intelectuales y morales que, bajo la dictadura de lo cultural y políticamente correcto, obliga a la aceptación de estos principios -más bien finales- bajo pena de ex comunión académica o social.

No sé hasta qué punto occidente se ha desespiritualizado, y no me refiero a ninguna creencia religiosa en concreto, sino al conocimiento e información que proporcionan la cultura y la historia (en las que se enmarca la deriva de las religiones), pero lo que sí sé es que es tarea de cada persona el tratar de formarse lo mejor posible. Frente a esos menesteres de la vida está el placer de lo “pequeño” y lo cotidiano. Por ejemplo, entre lo mejor de internet se encuentra el acceso a la información libre; entre lo peor, la manipulación de dicha información, o el que muchos ignorantes y aburridos hayan hallado en el medio su lugar en el mundo, por vía de la impunidad.

Junto a ello, el autoconocimiento es algo que se anhela en todas las culturas. No en vano, se cuenta que los discípulos de Brahma instaban a este a preservar el alma de los humanos, ora bajo tierra, ora bajo las aguas. Pero Brahma observaba que, tarde o temprano, estos darían con ellas a través de sus avances tecnológicos, y que, por lo tanto, convenía preservarlas mejor. De este modo, decidió que el lugar idóneo sería el interior de cada uno: allá donde ningún ser humano se atreve a mirar.

Como nos recuerda la contraportada del libro dedicado al poeta árabe Gibrán Jalil Gibrán (1883-1931), editado por Valdemar (Club Diógenes, 2004), la primera obra literaria del autor fue quemada en una plaza pública, siendo él mismo desterrado por el gobierno de su país y excomulgado por su iglesia. Sucedió en los tiempos en que El Líbano fue invadido por los turcos. Dotado para el dibujo y la pintura, las obras en prosa más relevantes del escritor libanés se hayan contenidas en dicho volumen.

Estas son El loco (1918), El profeta (1923), Arena y espuma (1926), y las póstumas El vagabundo (1932) y El jardín del profeta (1933). Todas ellas, en traducción de Mauro Armiño (1944), que recuerda en su prólogo la personal búsqueda de la felicidad de Jalil Gibrán, así como la de un dios individual del que todos formamos parte. Hasta el amor carnal está trascendido por dicho espíritu.

Comenzando por El profeta, diremos que este responde al nombre de Almustafá, pero también al del buscador de infinitos, externos e internos. A través de su conocimiento, personal pero transferible, las personas que se reúnen en el puerto para despedirle, extraerán las últimas gemas de sabiduría de quien aún continua con su búsqueda. Tales como que el matrimonio constituye la memoria silenciosa de Dios o que es necesaria, sin detrimento de una buena educación, la plena libertad de pensamiento de los hijos.

A través de los conceptos visuales que proporcionan algunas imágenes, como las de unos pilares o unas flechas, Almustafá reflexiona acerca de cómo no puede haber libertad en tanto uno se humilla ante un tirano o ante aquello que nos tiraniza. El profeta explica que el yo es un mar infinito, y pone de manifiesto las múltiples facetas del placer o la religión. De tal modo que, el buen maestro no obliga a que entréis en la casa de su sabiduría; os guiará hasta el umbral de vuestro propio espíritu. No en vano, cada uno de vosotros ha de estar solo en su conocimiento de Dios y en su conocimiento de la Tierra, pues Dios está en las cosas buenas que nos rodean, como la naturaleza; lo que sois vosotros habita en las montañas y vaga con el viento.

A su vez, los relatos breves pero intensos de El loco representan la complementariedad de unos opuestos que se dan la mano. Razón que explica que la libertad pueda derivarse, incluso como condición sine qua non, de la soledad (de una soledad no forzada, naturalmente). La sutil ausencia de diferencias entre locura y razón (por parte del que medita) es el irónico núcleo reflexivo del que emergen, entre otras, la alegoría de la guerra, y más aún de la llamada guerra santa, que se agazapa en una ciudad tenida por tal. O entre los mencionados opuestos, el antagonismo que se profesan el “dios del bien” y el “dios del mal”, para los humanos que los increpan o reverencian.


En efecto, para el “loco” la naturaleza humana es bipolar, ambigua, nunca granítica, como evidencian narraciones como la de los dos sabios que detestan el saber del otro (Los dos eruditos), así como Los dos ángeles guardianes o Los dos cazadores. Unas naturalezas humanas desincronizadas entre sí e insatisfechas (Cuerpo y alma, de El vagabundo), pero que aún han de enfrentarse a un mundo de sensaciones, estados y capacidades, contemplados como entidades vivas (tales como la tristeza). Todas ellas aportan una valiosa experiencia, si sabemos apreciarlas, aunque nuestros sentidos nos condicionen y, a veces, no se presten a ello, como nos muestra el relato El ojo. No se trata este último de un símbolo más. Precisamente, para los ojos de El vagabundo, las apariencias son siempre engañosas y los vaivenes de la suerte, un eterno descontento. Los extremismos son reprendidos y la bondad se revela particular y discreta.

De este modo, el ser humano y la naturaleza que lo envuelve vertebran El vagabundo, anécdotas y fábulas de un caminante, relatadas a la familia que lo acoge. Un pensamiento admirable recorre este libro y fulmina todo el colectivismo ideológico: no hay gobernantes, solo existen los gobernados que se gobiernan a sí mismos (El rey). Pese a todo, y prosiguiendo con las dualidades, en El vagabundo la historia es cíclica y nunca escarmentada. Solo queda la contemplación lúcida de una naturaleza fabulosa, en su doble acepción de fabulada y sorprendente (relato El loco).

Una verdad poliédrica que vuelve a aparecer en La tierra de Zaad o en Lady Ruth, cuando esta es inventada. Al igual que sucede con la primordial búsqueda de la divinidad, en Encontrar a Dios (y otros tantos relatos).


Todo un recorrido que desemboca y se condensa en los pensamientos y aforismos de Arena y espuma, nueva dualidad y, al mismo tiempo, complementariedad. Arena y espuma es un compendio de literatura sapiencial, por medio de máximas y recetas morales.

Finalmente, en El jardín del profeta, Almustafá ha regresado a su isla de origen. Allí queda, solo, en el jardín de sus padres, antes de darse nuevamente a los demás. Entre otras cosas, para advertir: compadeceos de la nación fragmentada y troceada, y en la que cada trozo se juzga así mismo una nación. El profeta prosigue su viaje iluminando otros territorios y trayectos. Ojalá que fuerais menos perezosos para encontrar senderos hacia vuestros yos más vastos; (…) os enseño a conocer vuestro yo más amplio, ese yo que contiene a todos los hombres.

Y sin pedantería, pero de forma harto inteligente, frente a quiénes equiparan dedicación y auto conocimiento a indigencia e inmaterialidad, Almustafá les recuerda que… me dicen: Has de elegir entre los placeres de este mundo y la bienaventuranza en el otro. Y yo me digo: He elegido los placeres de este mundo y la bienaventuranza en el otro, porque en mi corazón tengo por cierto que el Supremo Poeta solo escribió un poema de ritmo y rima perfectos.

Escrito por Javier C. Aguilera


Medio mundo, de Joe Abercrombie

13 mayo, 2017

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Como conocedores y defensores de la literatura de género, somos conscientes de una característica usual entre esta clase de obras: la creación de sagas o trilogías proliferan más que en otro tipo. Quizás se trate de una característica derivada de las novelas por entregas o publicadas en prensa o revistas como sucedía con los relatos negros ya en el siglo XIX o quizás a causa de una decisión editorial que consideraba más factible la venta de volúmenes más breves, como ocurrió por ejemplo con El señor de los anillos (J.R.R. Tolkien, 1954-1955), La cuestión final deriva en que encontramos un considerable número de trilogías en el mundo de la fantasía, algunas de ellas para contarnos una única aventura en varias partes, otras para presentarnos un nuevo desafío en el mismo mundo y con los mismos personajes o con otros relacionados.

Por esta razón, volvemos a Mar Quebrado, el lugar que da nombre a la trilogía de fantasía juvenil de Joe Abercrombie. En esta ocasión, tras haber seguido de cerca los pasos de Yarvi en Medio rey (2014), nos adentramos en la aventura de Espina Bathu en Medio mundo (2015), segunda entrega que también orienta la historia hacia su culmen, Media guerra (2016), algo usual en este formato, donde las dos últimas entregas suelen tener una conexión argumental más cercana.

Situada pocos años más tarde de la aventura que llevó a Yarvi a convertirse en clérigo del rey Uthil en Gettlandia, nos adentramos en la vida de Espina Bathu, una de las pocas jóvenes que se atreve a ser guerrera, bendecida con cierto don natural y empujada por su sed de venganza. La acción comienza pronto, observando el momento en que la protagonista está intentando superar su prueba para convertirse en miembro del ejército. Sin embargo, entre el rechazo de su maestro y una inesperada tragedia, acabará siendo acusada de asesina. Tras este hecho, su salvación pasará a las manos del padre Yarvi, quien verá en ella un diamante en bruto para sus intenciones. Espina, junto a su antiguo y odiado compañero Brand, formará parte de la tripulación del barco de Yarvi en la búsqueda de aliados para la próxima y predecible guerra contra el Alto Rey.

De nuevo, Abercrombie confecciona una novela de fantasía centrada en la formación y el crecimiento de sus personajes principales a través de un viaje. En esta ocasión, el foco se divide entre Espina y Brand, mostrando una evolución paralela, pero dispar en sus resultados. Así, en su estructura, se plantea un problema inicial para Espina y para Brand que nos hará percibir bastante bien su personalidad.

La resolución de este problema será la misma para ambos: la travesía de Yarvi hacia la Primera Ciudad, muy lejos de su hogar. En ese viaje, alcanzan la madurez y, tras un retorno elidido, vuelven a casa para enfrentarse a sus sueños, convertidos en otras personas gracias a sus experiencias. 

Aunque menos equilibrado que la primera novela, Medio mundo funciona a la perfección para mostrarnos la evolución de unos personajes que tratan de destruir el arquetipo habitual del héroe. En efecto, si ya en Medio rey, el protagonista se alejaba de las características clásicas, en esta ocasión tanto Espina como Brand están marcados como inusuales.

En primer lugar, Espina supone la reivindicación de la mujer como guerrera. Si ya la reina Laithlin servía para mostrar la fortaleza de las mujeres con su mano firme y su frialdad en los negocios, Espina representa la fuerza física, la bendición de la Madre Guerra. Marcada por su sed de venganza por la muerte de su padre, se enfrentará al rechazo de su sociedad y del resto de guerreros con determinación. Su carácter tozudo se compagina con cierta distancia mantenida con el resto de personas, incluida su madre. Será uno de los personajes que más sufra por un entrenamiento atroz y, seguramente, quien menos se percate de cómo se ha convertido en una pieza más en el ajedrez de Yarvi.

Por su parte, Brand representa bien el intento de medrar socialmente desde una clase muy baja y con un pasado que nada tiene que ver ni con la realeza de Yarvi ni con el acomodo en que vivió Espina. A la inversa de la protagonista, Brand tiene una motivación loable, derivada de su convicción moral y de su objetivo personal: ayudar a su familia, esencialmente su hermana Rin, realizando un trabajo admirado y admirable como guerrero de Gettlandia. Al principio, su deseo de seguir al lado de la luz le llevará a ser rechazado por su maestro, mientras que sus cualidades serán admiradas por Yarvi para reclutarlo.

Ambos personajes desarrollan una relación de manera natural, con las imperfecciones propias de su desconfianza en el ser humano por la experiencia acumulada o sus habituales silencios en torno a sus sentimientos. A su vez, a pesar de madurar gracias al viaje realizado, ninguno modifica su temperamento. Al final, el orgullo y las ganas de vengarse seguirán vigentes en Espina mientras que la dignidad de Brand le impedirán aceptar su sueño bélico o unirse a las maquinaciones del padre Yarvi.

En este sentido, el autor juega con las expectativas de los propios personajes y de los lectores asiduos a esta clase de obras mostrando para ambos la contradicción entre la realidad, más cruda y miserable, y las canciones sobre hazañas heroicas, donde la verdad se altera, donde no existen remordimientos y donde nunca se nombran las injusticias o los hechos más cotidianos y sufridos, sino que solo se reflejan el valor y la honorabilidad de sus personajes.

El tercer protagonista es, sin duda, Yarvi, en quien el narrador nunca podrá el foco salvo desde los ojos de los dos personajes principales. De esta forma, nunca sabremos sus intenciones, convirtiéndolo en un personaje más lejano a simple vista, al ser quien maneja los hilos en las sombras, siguiendo la tradición de la Clerecía que ya vislumbramos en el primer libro y que aquí se corrobora mediante él y otros clérigos.

A su vez, llegado el momento justo, Abercrombie sabe exponer cómo la reina y Yarvi son los que reinan de manera taimada desde las sombras frente a la ferocidad de Uthil. Con este retrato del personaje, se confirma su perfil agridulce y cuya motivación bebe de su primera aventura.

Precisamente, el lector puede percibir la tragedia de este personaje en tanto que está preso del deber autoimpuesto. Lo notaremos sobre todo con la reaparición de Sumael durante la trama y en el momento en que le responde a Espina que él solo en mente cumplir su primer y más importante juramento, aunque con ello rompa otros o le impida cumplir sus deseos íntimos.

Así pues, su maquiavélica compostura para lograr su objetivo muestran al clérigo como un personaje digno de este mundo, un personaje que permanece en el lado más reservado de la sociedad, pero desde el que se manejan los hilos. Sin duda, mantiene así el carácter gris que ya percibíamos y comentamos en nuestra anterior reseña.

Así, a diferencia de otras clásicas de fantasía, en las que el guía solía ser un mago sabio y de evidentes connotaciones positivas, al estilo de Gandalf o Merlín, en esta ocasión, Yarvi se estila más como un estratega en la línea de Tyrion o incluso Dumbledore (como se descubre en Las reliquias de la muerte). Siguiendo el estilo del personaje creado por George R. R. Martin (1948-), incluso lucirá su malformación con cierto orgullo y sorna. De la misma forma, en Medio mundo no se evitan ni las funestas consecuencias de la batalla, ni los momentos escatológicos o sexuales ni tampoco la descripción de las heridas y malformaciones que sufrirán los personajes, aumentando el realismo más crudo de la obra. Así, aunque la aventura pueda resultar más usual que la primera entrega, su narración da un paso más en la madurez de sus contenidos, en los que tampoco falta el humor.

En relación a otros aspectos argumentales, Abercrombie logra suplir algunas carencias que notamos en la primera entrega. Por una parte, los personajes secundarios siguen sin resultar profundos, pero al recuperar a varios de los personajes anteriores (Rulf, Isriun, Laithlin, Uthil...), se creará una mayor sensación de cercanía, sobre todo cuando haya referencias a los acontecimientos de Medio rey y el lector de sienta confidente de esas menciones frente a la incomprensión de los nuevos personajes. Por otra parte, se profundiza mejor en la comprensión del mundo en el que viven, sobre todo en su carácter político, más alejado en la primera obra.


Ahora bien, de nuevo encontramos previsibles los giros argumentales con los que el autor pretende causar impacto, a pesar de que ciertos sucesos del tramo final puedan sorprender a más de un lector. Quizás se debe a que los referentes de Abercrombie son también evidentes, a pesar de lo cual ha logrado dar personalidad a su trilogía y crear un retrato más crudo y realista que otras novelas del género, lo que le proporciona un interés superior. De la misma forma, notamos algunos cabos sueltos o falta de profundidad en los aspectos relativos a la magia, que quizás queden pendientes de desarrollo en la tercer entrega.  

En conclusión, Medio mundo logra reflexionar sobre la realidad tras la heroicidad, llegando a rozar el pacifismo en algunos momentos y mostrando también cómo la política suele esconder tras sus movimientos motivos personales. Dentro de la trilogía, la presencia sobre todo de Espina en el rol del guerrero protagonista lo asemeja más a otros protagonistas usuales, pero el conjunto es superior a la primera novela, dado que esta entrega aumenta la cercanía con todos los personajes relevantes, mantiene el carácter agrio de la saga añadiendo más acción y nuevos e interesantes personajes y logra dar sentido a la trilogía sin alejarse en exceso de la primera aventura ni convertirse en un refrito como le ha sucedido a otras sagas contemporáneas.

Escrito por Luis J. del Castillo




El autocine (XXXVII): Especial Parapsicología: Viaje al más allá, de S. D'Arbó y Sobrenatural, de E. Martín

11 mayo, 2017

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El interés por los fenómenos paranormales fue una constante a mediados de los años setenta y durante la casi totalidad de los ochenta en España. Publicaciones, espacios divulgativos en televisión y algunas películas lo demuestran. Obviamente, el interés no ha cesado, aunque sí decaído tras determinados periodos de inactividad.

Al comienzo de Viaje al más allá (D’Arbó Films, 1980), el propio realizador de la película, además de su productor y editor, el psicólogo y parapsicólogo Sebastián D’Arbó (1947), hace una breve presentación, como era usual en estos casos, informándonos de que el relato cinematográfico es un documento testimonial basado en hechos históricos (es decir, reales) y testificados, adaptados para el cine, y reconstruidos dramáticamente. Al fin y al cabo, añade, existen fenómenos de difícil comprensión y aceptación.

En un rincón de los Pirineos, algunos viajeros esperan a que un tren les conduzca a sus respectivos destinos, aunque el lugar de arribada sea el mismo para todos: la residencia campestre del doctor Rudolf Mainen (el recordado Narciso Ibáñez Menta).

Escritor, editor y ocultista, Mainen ha cursado una serie de invitaciones a estas personas con objeto de registrar sus experiencias en el ámbito de lo paranormal, con vistas a la publicación de uno de sus libros. Como en un relato policíaco y de suspense, la narración se estructura por medio de episodios o sketches, al estilo de lo ya practicado por las célebres productoras del género Hammer y Amicus. La austera factura cinematográfica no le resta efectividad al documento, sino que le confiere la simpatía de lo artesanal y el decoroso atractivo de lo honesto.

Si cabe la posibilidad de que el ser humano se divida en cuerpo, alma y mente (que sobrevive junto al espíritu), el doctor Mainen busca contrastar debidamente estos casos llamativos, como base científica para la editorial que piensa establecer. Entre los invitados se encuentran los padres del niño Daniel Osuna (Dani Arbonés; a la sazón, Carlos Martos y Rosa Morata).


Un golpe es el desencadenante de la incorporación de otra presencia en el psiquismo del muchacho, un insólito fenómeno de reencarnación compartida que es verificado por vía de la hipnosis ante los atónitos padres. De hecho, la regresión practicada por un médico (Vicens Lluch) es otro de los verídicos mecanismos parapsicológicos insertos en el argumento de la película. 

También se haya presente Ángela (Rosa Mª. Espinet), traumatizada por la muerte anunciada -a través de una pesadilla- de su marido Ernesto (Antonio Lara), en lo que es una premonición recurrente -y fragmentaria, hasta su definitiva plasmación visual, al estilo de lo que sucede con los sueños-. El incidente es referido por la esposa y constituye un ineludible itinerario vital del que se desprende que intuir el futuro y poder modificarlo son dos cosas completamente distintas (es más, se puede pretender alterar el futuro para acabar desembocando en el final predicho; una posibilidad intrigante ya desde la antigüedad).

Junto a ellos, otro profesor de parapsicología, Max (Ramiro Oliveros), que acude en representación de una paciente, y el sacerdote católico Francisco Javier (Red Mills, es decir Antonio Molino Rojo), ex director espiritual de un internado de Zaragoza, donde sus capacidades como clérigo algo rígido y extremado son puestas a prueba por medio de una interna que, según parece, ha sido poseída (Berta Singerman); con los aspavientos de rigor pero sin la casquería estomagante de este tipo de representaciones (un punto a favor). Solo la muchacha es la afectada, ya sea en su psiquismo como en la incorporación de un posible ente extra natural.


Respecto al agente comercial Javier Salas (Emilio Gutiérrez Caba), lo que en un principio semeja ser un episodio de auto-trance, según la explicación racionalista, deriva en uno, nada menos, que de fantasmogénesis. Precisamente, D’Arbó no oculta que, con frecuencia, dicha explicación racionalista resulta ser mucho más improbable y ridícula que la sobrenatural. En esta experiencia, el autoestopista accidental recoge a un extraño pasajero (Jaime Mir Ferri) con el que interacciona plenamente: no solo responde -lacónicamente- a las preguntas del conductor, sino que abre y cierra la puerta del automóvil… posee una consistencia física.

Finalmente, la última de las experiencias se desarrolla en una casa antigua, aunque nueva para sus ocupantes más recientes, Eva (Montse Prous) y Carlos (Ovidi Montllor). En ella, todo parece funcionar a capricho, desatándose una serie de fenómenos extraños -o poltergeist- que guardan relación con un suceso dramático anterior y estancado, proveniente de un lugar donde no existen el tiempo y el espacio tal cual los entendemos.

En resumen, con el ambiente adecuado, esto es, aislamiento espacial, tormentas y cortes de luz, se van desarrollando las narraciones empíricas de todas estas personas, totalmente ajenas, y hasta desinteresadas por lo desconocido; al menos, hasta el momento de los acontecimientos. Como remate final, los personajes padecen un simpático retruécano narrativo espacio-temporal; algo no solo habitual en la actualidad, sino parece que inevitable.

Consciente de sus limitaciones crematísticas, tanto Viaje al más allá como El ser (Oris Films, 1982), centran su interés en el argumento y el guión; en el caso de esta última, obra de D’Arbó y Luis Murillo (-), con la colaboración en los diálogos de Alfonso Santig (-). Una joven familia ha perdido al padre en un accidente de aviación (concretamente, en una avioneta de trabajo). Es la del progenitor una presencia atestiguada, en principio, por medio de una fotografía y de unas (prescindibles) imágenes en retrospectiva. Además, la afligida esposa, Eva Sérkovich (Mercedes Sampietro; todos los personajes atesoran nombres foráneos en la versión de que dispongo), se enfrenta al embargo de su casa, una bonita y expuesta vivienda en las afueras.

Es decir, que junto con los problemas del más allá, cobran importancia los del más acá, en un apunte positivo que trasciende lo meramente sobrenatural. De hecho, lo interesante del caso es que ambas vertientes están relacionadas. Los insólitos desbarajustes de Eva se intensifican debido a esos inconvenientes terrenales, aunque la situación del embargo, y la de la indemnización del marido, estén planteadas de forma algo simplista o maniquea.

La disculpa, o los motivos, resultan obvios: convertir a algunos personajes de soporte en víctimas justificadas del ser. Unos enfrentamientos resueltos mediante una puesta en escena algo funcional, como sucede con el acoso (y derribo) del Sr. Presley (Alfred Lucchetti, el director de la inmobiliaria), o con los manidos planos de la cámara subjetiva. El aliciente de estas películas estriba, como ya he señalado, en su capacidad argumentativa de sugestión y anhelo de verosimilitud, siempre que se esté dispuesto a compartir -que lo hacemos- las propuestas narrativas.


De este modo, es interesante constatar cómo el doctor Oliver (Narciso Ibáñez Menta) piensa que las fuerzas energéticas inmateriales legadas por los difuntos, pólvora psíquica en palabras del doctor, pueden ser proyectadas e incluso modificadas por la mente de los vivos. Esta impregnación de energía psíquica es la que Eva pone en movimiento, de forma inconsciente, hasta el punto de tomar represalias contra las personas que, de un modo u otro, la han importunado.

Mientras esto sucede, Eva comienza a mantener una relación con el abogado James Ronald (Ramiro Oliveros). Su vil estratagema al servicio de la empresa inmobiliaria es un astuto ardid, como lo es el de que el esposo de Eva aún pudiera seguir con vida, aunque luego ambos se demuestren erróneos. En este sentido, los inexplicables ruidos en la casa echan por tierra los aspectos más terrenos de la trama. A ello se suman momentos inquietantes como el de la figura nocturna que surge tras Eva en un ventanal de su casa, la experiencia de un sepulturero (el ubicuo e imprescindible Víctor Israel) o la presencia de un aparecido que desaparece, el mendigo Alfred (Rafael Anglada), personaje que no acierta a recordar su pasado, y un elemento más de interés aportado por el guión.

No en balde, asistimos a una ficción tan rocambolesca como pueda serlo la propia vida, siempre rica en matices. Uno de los cuales queda reservado al final del relato, y es el de la psicofonía que desvela todo el misterio. En esta deriva final, no será Eva, sino el doctor Oliver quien confirme ¡lo necesario que es mantener una casa bien limpia! En el apartado de agradecimientos, es grato consignar, en las dos películas comentadas, la colaboración de la mítica revista Mundo Desconocido (1976-1982), creada y dirigida por el especialista Andreas Faber Kaiser (1944-1994).

El tercero de los ejemplos que quisiera resaltar en esta entrega del autocine dedicada al tema de la parapsicología viene firmado por el estimable realizador granadino Eugenio Martín (1925). Sobrenatural (Supernatural, Kalender Films, 1981) pone de relieve aspectos tratados anteriormente bajo la apariencia de una película de género, en la que, haciendo visible lo invisible, lo que se pone de manifiesto es la necesidad del ser humano de poner límites a aquello que parece no tenerlos, para, a continuación, trascenderlos en su lucha por desentrañar lo que antes ha sido codificado en departamentos habitualmente estancos, con los que hemos universalizado nuestras propias leyes naturales.

En este caso, el prólogo de situación corre a cargo de una voz en off que llama nuestra atención sobre el hecho de que la física moderna está descubriendo que el misterio de la vida es cada vez más desconcertante, y que las últimas partículas que conforman la energía no obedecen ni al tiempo ni el espacio que conocemos. Como curiosidad, podemos señalar que los efectos especiales de la película fueron producidos por los míticos Estudios Moro.


A la bibliotecaria Julia (Cristina Galbó) le dan la notica de la repentina muerte de su ex marido en un accidente de tráfico. Sabemos, ya desde el arranque de la narración, que este último parecía hallarse, en buena medida, obsesionado con el hecho de volver a reencontrarse con su ex mujer o, al menos, con tratar de dominarla. Al no poder conseguirlo en vida, tratará de lograrlo en la muerte. Pero por si quedara alguna duda acerca de su carácter, María (Lola Lemos), la guardesa de la casa que habitaba, comenta que ese hombre siempre me dio miedo, añadiendo más tarde que el Señor no le tenga en cuenta todo el mal que hizo.

En una idea compartida con el film anterior, el realizador solo muestra a este ex marido por medio de los retratos fotográficos (que se corresponden con la imagen de Javier Escrivá) y, por descontado, a través de las fuerzas sobrenaturales que se desencadenan en la casa, y que aún hacen al esposo más presente, ubicuo y amenazador que si estuviera vivo. La maldad de esta persona parece incrementarse desde el momento en que Julia regresa a la casa y actúa -como en el caso de Eva- como catalizador de la energía depositada por el cónyuge. En este sentido, los “sustos” y efectos sonoros de rigor están bien proporcionados, aunque nos parezcan ingenuos.

Sobresale un plano cenital en el momento en que Julia se encuentra -o se reencuentra- con su marido, de cuerpo presente, así como el empleo, más afortunado que el caso anterior, de una cámara subjetiva que se cuela por las rendijas de las puertas del despacho del difunto, como centro de poder y lugar idóneo donde espiar subrepticiamente.

El médico -escéptico- Víctor Valdés (Máximo Valverde) acompañará a Julia en su toma de contacto con esta nueva y traumatizante experiencia, de la que será, una vez más, la involuntaria protagonista.

Antes de que se desaten todos estos incidentes en la casona, perdida en medio del campo, la médium Carol (Cándida Losada) le comunica, a su pesar, y en una capilla empleada como almacén, que alguien desea comunicar con ella. La médium no se siente cómoda, acostumbrada, como asegura, a establecer contacto únicamente con seres de luz.

La presencia del ex marido supone un inesperado y desagradable viraje del que tratará de alejar a Julia (en lugar de atraerla: ni el personaje es el tópico fraude, ni trata de captar adeptos, advirtiendo honestamente de los peligros psíquicos y emocionales). De hecho, especifica que mi misión es unir lo que separa la muerte, verificando que, este caso es diferente y no me gusta.

Julia también contará con la ayuda del parapsicólogo Jordán (Gerardo Mayá; posible guiño a José Luis Jordán Peña [1931-2014]), frente al más racionalista Víctor, que en un principio cree que la tensión acumulada es la causante de las alucinaciones de Julia. Junto a su ayudante Rosa (Silvia Suárez), el psicólogo y parapsicólogo Jordán representa al científico abierto o, mejor aún, al informado. 

En el apartado -o zona- de pura ficción, y siempre sobre la base de estas posibilidades reales expuestas en las películas, el hecho es que el mal es muy capaz de tomarse la revancha contra los vivos, llegando incluso a actuar a cierta distancia. Así sucede con el hostigamiento del ente en el interior del vehículo en el que se trasladan Julia y Víctor. Como advierte Rosa, la ciencia es una cosa y el marido de esa mujer otra.

Imagen Kirlian
Los intentos de tratar de escapar del área de influencia de esta maligna fuerza psíquica son en vano, algo que nos recuerda los infructuosos avatares del protagonista de la notable En la boca del miedo (1994) de John Carpenter (1948). El suspense creado por medio de las fotografías extraídas con la cámara Kirlian, que muestran un lazo de energía entre lo terrenal y lo astral, concerniente a los espíritus anclados en sus vidas pasadas, se suma, positivamente, a la plasmación de derivadas tan sugerentes como que la resurrección no es algo que atañe tan solo a la carne, tal cual comprobará el sacerdote amigo de Julia, el padre Enrique (Juan Jesús Valverde).

En definitiva, estamos ante otro intento admirable de abordar, con escasos medios pero con la suficiente dignidad, además de con conocimiento de causa, los diversos fenómenos de lo paranormal a través del cine.

Escrito por Javier C. Aguilera


Animando desde Oriente (XII): La chica que saltaba a través del tiempo, de Mamoru Hosoda

08 mayo, 2017

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El paso de la infancia a la madurez está marcado por la toma de conciencia de varias circunstancias que solíamos ignorar o no comprender desde nuestra mirada pueril. Una de las más relevantes es descubrir que nuestros actos ganan cada vez más importancia y que ello se debe a la nueva comprensión que le damos a las consecuencias. Porque cuando descubrimos que hay circunstancias sin retorno, comenzamos a comprender que no todo es tan fácil como parece y que equivocarnos puede suponer que no seamos capaces de enmendar nunca nuestro error. A pesar de lo cual, debemos vivir asumiendo como adultos las decisiones que tomamos.

La obra más personal de Mamoru Hosoda (1967), aquella que no venía derivada de fenómenos como Digimon o One Piece, ha prestado siempre atención a la relación entre la infancia y la madurez, aunque desde distintos prismas. Por ejemplo, aunque Summer Wars (2009) sea una comedia a medio camino entre la aventura, semejante a Digimon, y el romance, podemos constatar la confluencia de personajes de distintas edades que acabarán compartiendo una dualidad entre ser adultos o aceptar el caos provocado por un juego de ordenador de una manera jovial, casi aniñada.

Más seria se plantea Los niños lobo (2012), donde el foco se centra en la mirada desde la maternidad, observando el cambio de los hijos hasta su pubertad, o El niño y la bestia (2015), donde se nos narra la historia de aprendizaje del niño protagonista. Todas ellas marcadas por el cruce entre un elemento fantástico o irreal con lo cotidiano. No es de extrañar, por tanto, que la primera película que dirigió fuera de las franquicias mencionadas también ahondara en esta cuestión: La chica que saltaba a través del tiempo (2006).

La joven Makoto disfruta de su tiempo como estudiante en el instituto con una vida tranquila y afable, aplazando aún las decisiones sobre su futuro y tratando de pasar el máximo tiempo posible con sus amigos, Chiaki y Kosuoko. En uno de esos días, toda una serie de sucesos fatídicos le permitirán descubrir que es capaz de viajar atrás en el tiempo dando grandes saltos. Y a partir de entonces, comenzará la auténtica diversión. O al menos eso pensaba ella.


Como sucediera en Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993), seremos testigos de las diferentes acciones de Makoto para experimentar con su nuevo e inesperado don, incluyendo múltiples vistas a un mismo hecho. A lo largo de la aventura, dedicará sus saltos temporales principalmente a satisfacer ciertos antojos pueriles o a tratar de tener una vida perfecta, como hiciera Tim Lake en Una cuestión de tiempo (Richard Curtis, 2013). Sin embargo, su actitud infantil y caprichosa la llevarán a alterar los acontecimientos tan solo para evitar enfrentarse a ciertos sucesos que le exigen un paso adelante, sobre todo en el plano del amor. Ahora bien, todas sus decisiones conllevan consecuencias, como le advertirá su tía Kazuko, que sirve de guía para la protagonista. Y por ello, llegará el momento en que deba asumirlas sin poder dar marcha atrás.

De esta forma, La chica que saltaba a través del tiempo aúna la comedia ligera con cierta reflexión sobre las consecuencias de nuestros actos, ahondando en la actitud más infantil de Makoto frente a la nueva actitud que tendrá que adoptar cuando las consecuencias sean inevitables. No obstante, el principal fallo de la película se encuentra en su tramo final, cuando se ofrezca un giro de los acontecimientos que se siente artificial, tanto en forma, otorgándole demasiada seriedad y dramatismo, como en contenido, dado que parece surgir de la nada. Es cierto que se deja entrever algunas interrogantes, como quién era la persona que Makoto no llegó a ver el día en que obtuvo su don o la figura que visitaba el cuadro que su tía estaba restaurando; sin embargo, Hosoda no le otorga ninguna relevancia ni permite que la resolución del guión fluya de manera natural.


Sin duda, esto es debido a que el enfoque de la obra se centre en Makoto, por lo que el resto de personajes acaban por sentirse muy desdibujados y planos, obviándose el trasfondo de personajes secundarios como Chiaki o Kosuke, sus mejores amigos, o incluso planteando a su tía como una evidente maestra, sospechosamente crédula, excesivamente sabia. Hasta la importancia que adquiere el cuadro en la película acaba por resultar ridículo al no haberle dado apenas un sentido narrativo. Y si bien podemos observar cómo la protagonista se enfrenta a un punto de no retorno, a un abismo en el que parece haber fracaso, la resolución del mismo se nos antoja como un deus ex machina. Tan solo el clímax que se le otorga a su relación con Chiaki nos proporciona cierta satisfacción, a pesar de sentir que no nos otorga un auténtico cierre a la totalidad de la obra, algo que sí conseguiría en obras posteriores, como la mencionada Los niños lobo.

Por otra parte, como suele ser habitual en este tipo de obras, encontramos ciertos momentos de contemplación, aunque no llega a contener tanta calidad visual como otras obras del mismo director o de otros semejantes, como el director Makoto Shinkai. La mayor parte del dibujo no nos ofrece sensación de gran calidad, incluso se reutilizan dibujos de manera evidente subrayando en exceso ciertas acciones, sobre todo los saltos. Precisamente, esta repetición de escenas trata de provocar una reacción humorística que puede acabar por resultar cansina, al perder la gracia de manera progresiva. No obstante, por otra parte, su trazo algo vago proporciona una sensación desenfadada que encaja con el carácter cómico de la película y se nota un considerable trabajo en la iluminación y el dibujo de varios fondos.


A pesar de lo mencionado, La chica que saltaba a través del tiempo logra arrojarnos momentos muy divertidos, desde algunas oportunas reacciones a las caídas de Makoto tras sus saltos hasta las distintas fórmulas que la protagonista plantea para conseguir cumplir sus deseos, y secuencias bastante atractivas tanto narrativa como visualmente. Siendo anime, no se aleja en exceso de un entorno realista, incluso podemos considerar que llega a ofrecernos más sensación de ciencia ficción que de fantasía en su conclusión. A fin de cuentas, el detalle de los saltos en el tiempo funciona como excusa para reflexionar sobre los efectos colaterales de nuestras decisiones y sobre aprovechar el tiempo, porque incluso Makoto tiene un número limitado de saltos. Todo ello mientras nos muestran toda una colección de escenas graciosas derivadas de las acciones de la protagonista.

En definitiva, una invitación a aprovechar el tiempo, pero también a mediar nuestros actos. Con todas sus virtudes, acaba por plantear un final que se siente precipitado y que parece alejar el sentido general de la obra por un camino distinto, con ciertas lagunas y dudas que oscurecen su conclusión. Por suerte, el plano final logra arrojar esperanza y ensueño, la mirada de una Makoto que ya nunca volverá a ser la misma. 


Escrito por Luis J. del Castillo



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