Clásicos Inolvidables (CXXX): El estudiante de Salamanca, de José de Espronceda

23 mayo, 2017

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En muchas ocasiones, desde una óptica heredada de la experiencia académica más superflua, se tiene una visión reducida de lo que fue el Romanticismo. Por ejemplo, considerarlo tan solo como un conjunto de obras amorosas o trágicas, sin percibir que detrás de esa elevación de los sentimientos, del lado más irracional del ser humano, se halla también la reflexión de una serie de intelectuales. Pero además, el Romanticismo nos ha dejado textos muy atractivos y que han llegado a calar en la imaginería popular, sin olvidar su influencia en el cine o incluso en nuestra forma actual de entender las relaciones humanas.

En España podemos considerar que el movimiento sufrió cierto retraso y aunque no nos legó una vasta obra narrativa, a diferencia de las grandes y entretenidas novelas escritas tanto en Reino Unido como en Francia, sí dejó una huella innegable en el teatro y, sobre todo, en la poesía. Una poesía que no puede quedar reducida tan solo a las -ya postrománticas- Rimas de Bécquer (1836-1870); al contrario, no debemos olvidar la obra de autoras como Rosalía de Castro (1837-1885) o Carolina Coronado (1823-1911), a las que deseamos tratar en próximas reseñas, o a la del gran poeta que fue José de Espronceda (1808-1842).

Como sucediera con José Zorrilla (1817-1893), la vida de Espronceda fue apasionante. Hijo de un militar, ya de niño bordó la picaresca y a la joven edad de quince años trata de inmiscuirse en política junto a unos amigos, jugando a las conspiraciones y a las sociedades secretas. Poco tiempo después viajará por Europa, llegando a convertirse en un exiliado liberal. 

A su regreso a España tras la amnistía de María Cristina en 1833 se sumergirá en la vida política mientras mantenía un idilio con Teresa Mancha que finalizará cuando ella fallezca en 1839. Apenas tres años después finalizará la vida del poeta a causa de la difteria, dejando inacabado su poema El diablo mundo. No obstante, su trayecto vital no finaliza aquí, dado que gracias a la fama que había adquirido llegará a convertirse en personaje en la pluma de otros autores, incluyendo su presencia en los Episodios Nacionales de Pérez Galdós (1843-1920).

Aunque llegó a escribir prosa y teatro, su obra más destacada es la poética, en la que encontramos varios ejemplos que han trascendido a la cultura popular, como su célebre Canción del pirata (1835), reflejo de rebeldía y búsqueda de libertad, sin olvidar también la forma en que dejaba constancia del fracaso de la sociedad en poemas como El verdugo o El reo de muerte. En esta ocasión, nos acercamos al que ha sido considerado su mejor poema: El estudiante de Salamanca (1840).

La obra tiene un carácter narrativo desplegado en cuatro partes que dividen sus 1704 versos de manera desigual. La historia que Espronceda transmite en el poema es la de don Félix de Montemar, un donjuán que tras deshonrar a la joven Elvira y provocar su muerte, afrontará un castigo procedente del mundo espectral. Su argumento procede del mito del Don Juan creado por Tirso de Molina en El burlador de Sevilla (1630), que tan bien recuperaría Zorrilla posteriormente con su Don Juan Tenorio (1844). Sin embargo, lo más interesante no es su versión de la historia, sino su elaborado trabajo poético.

Así pues, a nivel de contenido encontramos una mezcolanza que reúne diferentes elementos de la tradición literaria que pasan por el prisma del romanticismo gracias a Zorrilla. Así encontramos imágenes semejantes al descenso a los infiernos de Dante (1265-1321) en la Divina comedia, también estrofas que reflejan una danza macabra al estilo de las que encontramos en textos medievales, algunos elementos procedentes del teatro barroco, incluyendo la desdicha de la amada que provoca su fin, como sucede con Ofelia en Hamlet (William Shakespeare, 1601) o el ya mencionado Don Juan.

Danza macabra, grabado de Wolgemut (1434-1519)
Las tres primeras partes resultan similares en tamaño, aunque distantes en contenido y forma. El inicio recrea el ambiente nocturno y espectral que imbuirá toda la obra, mostrándonos el fin de un duelo entre desconocidos y finalmente las descripciones de don Félix de Montemar como un segundo don Juan y Elvira, su última víctima. Sobre ella ahonda la segunda parte, mostrándonos cómo creyó las promesas de Félix y se entregó a él, tras lo cual descubrió su traición y fue incapaz de seguir viviendo. Además de describir a la dama y su congoja, el poeta también cede la voz a la mujer ultrajada mostrándonos un estilo epistolar. No será la única vez que incluya dentro de la obra un estilo diferente, pues en la tercera parte empleará sus dotes teatrales, convirtiéndola de forma completa en una escena dramática en verso.

Esta tercera parte narra un juego de cartas al que llega Félix para participar, llegando a apostar algunos de los objetos que había obtenido de Elvira, incluyendo su retrato. Hacia el final, aparecerá don Diego para retar a muerte al arrogante estudiante con el fin de vengar a su hermana Elvira, momento en el que el personaje muestra su cinismo, llegando a ironizar sobre el suicidio de la joven. De esta forma, mantiene la distancia con el sentimentalismo más propio de un estilo novelesco, algo que también hará con el espiritualismo del final. Gracias a estas tres partes, el poeta no solo consigue presentar a los personajes y la situación concreta que desemboca en la cuarta parte, sino que también realiza una genuina e interesante mezcla entre los géneros literarios. También consigue entremezclar distintos tipos de versos, cuestión que llegará a su culmen en el desarrollo de la última parte.


La cuarta y última parte es la más larga, prácticamente la mitad del poema, y la que proporciona la unión idónea entre narrativa, teatralidad y la lírica más sugestiva. Podemos incluso señalar cómo el poema llega a alcanzar una cadencia musical que junto a algunas de las imágenes descritas han servido a varios críticos para marcar la influencia de la Sinfonía fantástica (1830) de Hector Berlioz (1803-1869). Espronceda elide el desarrollo del duelo para dejarnos directamente con su conclusión, enlazando a la perfección con el inicio del poema, ya que el duelo entre desconocidos era un principio in media res que después nos arroja a un flashback fragmentado hasta que en esta cuarta parte concluye el círculo y nos deja en el presente. A partir de ese momento se nos narrará el viaje de don Félix persiguiendo a una dama velada para tratar de conquistarla. Una travesía que se nota pesaroso, interminable, y que atraviesa parajes desconocidos hasta desembocar en la misma ciudad, pero en el entierro del propio Félix. Estamos ante un tenebroso viaje donde el escenario va cambiando grotescamente hacia el reino de la muerte, donde el protagonista seguirá manteniendo su libertad y su carácter mordaz.

En todo momento, el personaje seguirá a la dama sin que esta le incite o acaso le obligue; incluso ella le avisará de que a cada paso que avanzáis / lo adelantáis a la muerte. No se da ninguna explicación concreta a la curiosidad o al ansia del protagonista, pero en varias ocasiones se le presentará la oportunidad tanto de dejar este viaje como de abandonar su actitud arrogante. No será el caso. Al contrario, don Félix seguirá siendo osado. Por ejemplo, volverá a ironizar sobre la muerte de Elvira ante el espectro de don Diego, y aunque se sorprenderá y llegaré a sentir cierto temor ante su propio entierro, momento que sirve a Espronceda para incluir la duda del doble o doppelgänger, lo asumirá con cierto coraje e irreverencia, queriendo enfrentarse finalmente al Dios o al diablo. Finalmente, de nada le servirá su fútil repulsa, momento del clímax en el que se desvela el rostro de la dama de blanco y se produce la boda prometida.


Todo el camino se puede interpretar como un castigo hacia el carácter negativo de don Félix, como su donjuanismo, su rebeldía o su cinismo. No obstante, como ya advertíamos, el trayecto comenzó debido a su carácter, sin ser una obligación de alguna justicia ajena. Por último, de forma original, con una cadencia propia, Espronceda comienza a reducir la longitud de los versos para simular cómo se disipa la vida del protagonista. Tras lo cual, amanece y regresa la vida. Toda la ciudad despierta y se sella el paso del tiempo: el hombre muere, quizás por haber perseguido sus ansias, quizás por simple curiosidad estudiantil, pero el mundo sigue su curso. 

En su conjunto, El estudiante de Salamanca sintetiza los géneros en boga durante el Romanticismo mostrando el gran dominio literario de Espronceda. Y este hecho se refleja tan solo en las tres primeras partes, mientras que el cuarto desarrolla todo un viaje alegórico que puede interpretarse de variadas formas, aunque sin duda narra hechos inquietantes, que bien podrían encontrarse en una novela de terror o enlazarse con las obras góticas que ya estaban presentes en la literatura inglesa. No en vano se percibe la influencia de Lord Byron (1788-1824). Un viaje a los infiernos metafísicos de un personaje que peregrina en la libertad de su individualidad, admitiendo con ello cualquier consecuencia.

Escrito por Luis J. del Castillo



Spider-Man, de Sam Raimi

21 mayo, 2017

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Cuando pensamos en un superhéroe, es habitual pensar en sus grandes capacidades, en la seguridad con la que se desenvuelve y en cómo sale victorioso de los retos que van surgiendo en su vida. En la mayoría de casos, ha habido diversas historias sobre sus orígenes, mostrándonos sus primeras aventuras, su crecimiento y también sus fallos. En el caso de Spiderman, su historia en los cómics ha sido casi siempre la historia de ese crecimiento. Aunque es cierto que ha llegado a obtener su cénit como superhéroe, en él siempre ha jugado un factor bastante determinante la dualidad entre su vida privada como Peter Parker y el héroe arácnido de Nueva York. No en vano, en sus inicios era tan solo un adolescente que se convertía en un superhéroe por su cuenta y riesgo en una época en la que los adolescentes aparecían en los cómics como ayudantes o aprendices de otros superhéroes, al estilo de Robin con Batman.

Por ello, sin duda resultaba interesante acercarse a Spiderman desde esa perspectiva dual por la que seríamos testigos de cómo un tímido y solitario Peter Parker adquiría sus poderes y se convertía en el célebre amigo y vecino (o amistoso vecino) Spiderman, con mayor carisma y excentricidad, quizás por ser el refugio perfecto a la timidez de su alter ego. 

Y esa fue seguramente una de las ideas principales que recorre la trilogía dirigida por el director Sam Raimi (1959). Un cineasta que por entonces era conocido por sus películas de terror de cine B, entre las que se sitúa su célebre saga de comedia de terror The Evil Dead, iniciada en 1981, así como por haber participado en series de televisión de aventuras en las que trabajó en los noventa, como Hércules: Sus viajes legendarios (1995-1999) o Xena, la princesa guerrera (1995-2001). A colación del tipo de películas que pudieron influir en Spider-Man (2002), cabe rescatar también su película Darkman (1990), que podemos considerar una mezcla entre el argumento usual de una cinta B y una aventura de superhéroes.

Sam Raimi durante el rodaje
La historia nos lleva a la vida del introvertido Peter Parker (Tobey Maguire) está acabando su último año en el instituto. Su forma de ser junto a sus aficiones provocan que se convierte en víctima de la marginación de otros estudiantes, mientras que vive enamorado de su vecina desde que era un niño: Mary Jane Watson (Kirsten Dunst). Durante una excursión, una araña modificada genéticamente le morderá provocando que adquiera superpoderes. Tratando de aprovecharse de ellos, descubrirá que todo acto egoísta conlleva una consecuencia, y a partir de entonces tratará de emplear sus poderes para mantener a salvo a Nueva York como Spiderman. De manera paralela, Norman Osborn (Willem Dafoe), padre de Harry (James Franco), el mejor amigo de Peter, decide someterse a una prueba experimental a uno de sus productos con tal de no perder un contracto millonario con el gobierno. Ignorando las advertencias de sus científicos, provocará que una parte de él se convierta en el temible Duende Verde.

El argumento se desarrolla en tres apartados. El primero nos presenta a los personajes más relevantes y da origen tanto a Spiderman como al Duende Verde. Podríamos considerar que esta primera parte funciona como prólogo, incluso teniendo lugar de forma algo apartada a Nueva York, escenario permanente del resto de la película. Su conclusión supone la justificación de la vida heroica que decide adoptar Peter, mientras que las siguientes suponen la fama que adquiere como superhéroe y su primer encuentro con el villano antes de concluir en un tercer tramo dedicado a su enfrentamiento final, tras lo cual se sitúa un epílogo que cierra la película. 


De esta forma, podemos considerar que estamos ante una historia sobre los inicios de Spiderman unidos al origen de Duende Verde. En las siguientes entregas, también se trabajará el origen de los distintos villanos, mientras que sobre Peter Parker se seguirá tanteando la importancia que supone ser un héroe. El protagonista es una persona torpe e introvertida, considerado la figura un tanto nerd, aunque la película no desarrolla en exceso su cercanía a la ciencia, y que sufre acoso por todo ello. En este tipo de perfil encaja bastante bien la actuación que proporciona Maguire con cierto tono patético, que no resulta tan adecuado para lo pícaro que llega a ser el superhéroe cuando está enfundado en su traje. En esta situación descrita, sin tener ningún trauma o historia especial a sus espaldas, adquiere superpoderes con los que empieza practicando y, finalmente, jugando para conseguir un fin concreto y lúdico. Sin embargo, su irresponsabilidad le llevará a provocar una situación que le marcará profundamente, creándole un sentimiento de culpabilidad, como se reafirmará en Spiderman 2. No será el único efecto negativo que su nueva vida como héroe le provoque, dado que el propio final de la película supone otro hecho por el que aumentar su pesar.

En cuanto a Norman Osborn, estamos ante el usual enfrentamiento entre Jekyll y Mr. Hyde, que también pudimos ver en el personaje de Gollum. Como un empresario sin demasiados escrúpulos, su ambición le lleva a forzar un experimento que saldrá mal y que le arrastrará hacia un ansia de venganza y destrucción. Curiosamente, se trata de un personaje cercano a Peter que se vuelve maligno de forma indeseada y casual, cuestión que seguirá estando presente en toda la trilogía. Aunque la construcción del personaje resulte interesante, dado que la obra le otorga su propio espacio para desarrollarse y le otorga un final interesante, hay ciertos elementos cutres y grotescos, como su vestuario, o algo ridículos, como el histrionismo que llega a alcanzar en determinadas escenas la actuación de Willem Dafoe. Con todo, se convierte en uno de los elementos más reconocibles de esta primera aventura del hombre araña.


Ambos serán los personajes que más atención reciban y que más evolucionen, mientras que el resto resultarán excesivamente planos o arquetípicos. Será el caso de Mary Jane, que tan solo funciona como damisela en apuros, es decir, como justificación para que Spiderman se arriesgue en su empresa. En ese intento de relación romántica entre ambos personajes encontramos falta de química unida a unos diálogos que dejan bastante que desear. Además, aunque se le intenta dar un trasfondo con una familia rota o con un deseo de prosperar como actriz, nunca se pondrá el foco en la película en estos aspectos de forma determinante. Curiosamente, no será la única dama en apuros, dado que debemos sumar aquí a la tía May (Rosemary Harris), que también ejercerá como guía o conciencia en determinados momentos de la trilogía.

Junto a ellas encontramos a Harry Osborn, el hijo que se siente rechazado por su padre y que a pesar de ser amigo de Peter, se convertirá en una especie de rival romántico. Su desarrollo será mejorado a lo largo de la trilogía, hasta otorgarle un sentido más profundo del rol más estereotipado que tiene en esta primera entrega. Por último, debemos mencionar al tío Ben (Cliff Robertson), esencial por su legado moral a Spiderman, sin más, y a J. Johah Jameson (J.K. Simmons), que podemos incluir como el tipo de jefe cruel y despótico, casi paródico por entregarnos varios gags.


En el estilo que Sam Raimi despliega para esta primera entrega de su trilogía podemos percibir la influencia de su trabajo en series televisivas de la segunda mitad de los noventa. Por ejemplo, en el montaje notamos algunas escenas que tienen un evidente carácter televisivo, como el fundido entre varias tomas de la cara del protagonista superpuesta. Lo podemos percibir también en su nivel de acción, que en comparación a otras películas de superhéroes o a sus propias secuelas, es bastante flojo y artificial, incluyendo un prematuro CG y combates excesivamente coreografiados, cuestión usual en las series de aventuras.

Sobre los efectos especiales, encontramos buena una combinación entre los efectos realizados por ordenador y los artesanales, gracias a la preferencia de Raimi por este terreno donde se sentía más cómodo frente a los novedosos medios. No obstante, la parte realizada por ordenador ha envejecido bastante en determinadas secuencias donde no contaba con apoyo real. En otro orden de cosas, la música fue compuesta por Danny Elfman, habitual compositor de las películas de Tim Burton que ya había colaborado con Raimi anteriormente. Entre los composiciones de la cinta encontramos un tema principal que entremezcla la épica con cierto sentir esperanzador, siendo usuales los in crescendos que pueden remitirnos a los movimientos del propio Spiderman. De la misma forma que a los temas relacionados con el Duende Verde le otorga gran presencia a la percusión. No obstante, no resulta innovador y recurre a varios recursos seguros.


Sin duda, la película tiene un carácter bastante cercano al cómic, incluyendo la exageración de ciertos personajes que parecen tanto en actuación como en caracterización caricaturas de personas reales. También se nota la influencia del cine B en el uso de algunas técnicas, incluyendo ángulos poco naturales, o incluso en el argumento, con la presencia de científicos locos que también tendrá su correlato en la inmediata secuela. 

Todo ello lo convierte en una aventura entretenida y simpática, fácil de seguir, quizás típica y algo naif pero disfrutable, que no pretende simular lo que no es, ni aparentar más profundidad de la que tiene. Con el drama justo, el toque romántico de una relación que permanece entre tiras y aflojas y la dualidad de un protagonista bastante bien manejada.

Escrito por Luis J. del Castillo


Para el sábado noche (LX): Solo el cielo lo sabe, de Douglas Sirk

18 mayo, 2017

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La señora Scott (Jane Wyman) es viuda, no pertenece a ningún club social y sus hijos están estudiando fuera. Como tal situación es casi intolerable en la comunidad apacible de la que forma parte, no falta la buena amiga, Sara Warren (Agnes Morread), que trata de aliviar su soledad y consolarla, arreglándole citas con gente disponible. El problema es que a Cary Scott no le apetece compañía alguna, y menos la que le proporcionan los conocidos.

Pero las circunstancias cambian, y la viuda al fin se siente atraída por alguien que le gusta, y no solo en el sentido acostumbrado. No diré de nuevo que existe un problema, pero el caso es que Ronald Kirby (Rock Hudson), no solo es jardinero (en realidad, especializado en arboricultura), sino que es un hombre más joven. A la pareja no le importan en absoluto estos inconvenientes cuando, después de unos breves titubeos, decide establecer una relación duradera, pero, como queda dicho, estamos en una comunidad habitada por gentes que han instaurado un comportamiento estanco y rígido (de puertas para afuera). Las hay rencorosas y chismosas, pero también sensatas, como el médico del pueblo, Ben Hennessy (Hayden Rorke), o, finalmente, la misma Sara Warren.

No por casualidad, Kirby es definido como un tipo independiente y, por lo tanto, blanco del colectivo social. Precisamente por saber lo que quiere, será él quien tome la iniciativa a la hora de emprender y defender esta relación, ante las previsibles dudas “de entreacto” de Cary. Su toma de contacto ha respondido a cierta impulsividad, pero no a la típica, como antes señalaba, sino a la que nace de una necesidad de amistad y desemboca en el amor de dos personas, con todo lo que ello comporta (es decir, más allá del deseo, sin tener que prescindir de él, o superando objeciones como la diferencia de edad).


Tras los títulos de crédito iniciales, la cámara desciende desde un campanario, y en alguna otra ocasión empleará Douglas Sirk (1897-1987) esta perspectiva, materialmente ajena a los personajes, pero movimiento sumamente personal -moral, habría que decir-, que abarca a todos los habitantes del contorno. La amabilidad, la atención, la sinceridad, la intimidad y, finalmente, el amor, parecen pobres recursos cuando se han de enfrentar a las apariencias, los prejuicios y el yugo comunitario.

Entre los metomentodo están los propios hijos de Cary, Ned (William Reynolds) y Kate (Gloria Talbott), cuyo interés, en un principio, es que la madre actúe conforme a su edad y contraiga matrimonio con el único soltero de los alrededores, el educado pero fastidioso Harvey (Conrad Nagel). Ambos vástagos responden al canon del egoísmo adolescente, sobre todo el primero, pues solo a ellos les está permitido el coqueteo que conlleva el paso a la madurez, más evidente en la intelectual Kate que en el ingrato Ned. Los dos tienen derecho a buscar su lugar en el mundo; algo que niegan a la madre.

Pero para Kirby también habrá un recorrido. De hacer vida de soltero en una vivienda-invernadero, que es comparada con una urna, este pasará a la ilusión de una vida compartida, que la guionista Peg Fenwick (-) y el realizador expresan mediante la remodelación de un viejo molino que Kirby pretende convertir en un hogar para ambos. De forma simbólica, el resuelto pero maduro joven señala que una persona impaciente no puede cultivar árboles.


La puesta en escena de Douglas Sirk es siempre dinámica, en consonancia con el ánimo de los protagonistas más relevantes. Por ejemplo, Sara es activa e incisiva, y ataca la hipocresía de quienes resultan ser éticamente peores. De tal modo que, a la maestría del director, auspiciada por la producción de Ross Hunter (1920-1996), se avienen la edición de Frank Gross (1905-1960), el guión antes mencionado, en torno a un relato de Edna (1890-1964) y Harry Lee (-), con algún retruécano dramático hacia el final; la música de Frank Skinner (1897-1968) y, sobre todo, la espléndida fotografía en technicolor de Russell Metty (1906-1978). Este último ejemplifica cómo los árboles señalan el final de las estaciones, pese a lo cual, en la población, el tiempo parece detenido, aunque todo en él se repita cíclicamente, las visitas al club de campo y el trato con las amistades.

Este paso del tiempo y de las conductas anquilosadas, resulta mucho más cruel gracias al montaje, que contrapone las nuevas actitudes a las viejas. El precio de la aceptación es la espera y la resignación. Incluso, el dejarse dirigir por unos hijos que pretenden exigir la ejecución de lo conveniente a los demás. Al menos, hasta que el doctor Hennessy receta a la madre eso de que nunca es demasiado tarde; la mejor medicina cuando la gente le defrauda a uno.

Al hábil empleo de los colores y de los contrastes, entre lo sombrío y lo solar, se suman escenas magníficas, como aquella que culmina con un plano de Cary, viéndose así misma reflejada en la pantalla de un televisor, en lo que es una aterradora premonición o visión del futuro.


Por eso, la referencia a Henry David Thoreau (1817-1862) es de lo más pertinente. La trascendencia e independencia de juicio del escritor (del que pronto tendremos ocasión de hablar en este blog) casa bien con las perspectivas y aspiraciones de Ronald Kirby y sus amigos.

En otro buen apunte del guión, Ronald y Cary conocen de antemano que su relación no va a ser tarea fácil, y ella solicita la ayuda de él en este sentido. Debería ser tan sencillo, dos personas que se quieren, comenta la prevenida madre. Al fin, la fortaleza de su unión les hará enfrentarse a todas las dificultades, aunque Cari Scott se dará cuenta de que no ha pasado gran parte de su vida sacrificándose por los demás para acabar recibiendo semejante trato. En este sentido, la historia desarrollada en Solo el cielo lo sabe (All that Heaven Knows, Universal, 1955) es tanto amorosa como el retrato que muestra el dificultoso logro de Cary Scott en pos de su libertad.

Escrito por Javier C. Aguilera



Clásicos Inolvidables (CXXIX): Gibrán Jalil Gibrán

15 mayo, 2017

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El estar con uno mismo es un lujo cada vez más escaso y valioso. Pero lo que entendemos como paz del espíritu no es algo que tenga que estar reñido con la rutinaria ejecución de las obligaciones diarias, ni haya de proponer la renuncia hacia todo aquello que, de bueno, nos presenta el mundo actual. La amenaza proviene, más bien, del colectivismo más rancio, de las ideologías de la manada, que desembocan en la imposición de determinados tópicos intelectuales y morales que, bajo la dictadura de lo cultural y políticamente correcto, obliga a la aceptación de estos principios -más bien finales- bajo pena de ex comunión académica o social.

No sé hasta qué punto occidente se ha desespiritualizado, y no me refiero a ninguna creencia religiosa en concreto, sino al conocimiento e información que proporcionan la cultura y la historia (en las que se enmarca la deriva de las religiones), pero lo que sí sé es que es tarea de cada persona el tratar de formarse lo mejor posible. Frente a esos menesteres de la vida está el placer de lo “pequeño” y lo cotidiano. Por ejemplo, entre lo mejor de internet se encuentra el acceso a la información libre; entre lo peor, la manipulación de dicha información, o el que muchos ignorantes y aburridos hayan hallado en el medio su lugar en el mundo, por vía de la impunidad.

Junto a ello, el autoconocimiento es algo que se anhela en todas las culturas. No en vano, se cuenta que los discípulos de Brahma instaban a este a preservar el alma de los humanos, ora bajo tierra, ora bajo las aguas. Pero Brahma observaba que, tarde o temprano, estos darían con ellas a través de sus avances tecnológicos, y que, por lo tanto, convenía preservarlas mejor. De este modo, decidió que el lugar idóneo sería el interior de cada uno: allá donde ningún ser humano se atreve a mirar.

Como nos recuerda la contraportada del libro dedicado al poeta árabe Gibrán Jalil Gibrán (1883-1931), editado por Valdemar (Club Diógenes, 2004), la primera obra literaria del autor fue quemada en una plaza pública, siendo él mismo desterrado por el gobierno de su país y excomulgado por su iglesia. Sucedió en los tiempos en que El Líbano fue invadido por los turcos. Dotado para el dibujo y la pintura, las obras en prosa más relevantes del escritor libanés se hayan contenidas en dicho volumen.

Estas son El loco (1918), El profeta (1923), Arena y espuma (1926), y las póstumas El vagabundo (1932) y El jardín del profeta (1933). Todas ellas, en traducción de Mauro Armiño (1944), que recuerda en su prólogo la personal búsqueda de la felicidad de Jalil Gibrán, así como la de un dios individual del que todos formamos parte. Hasta el amor carnal está trascendido por dicho espíritu.

Comenzando por El profeta, diremos que este responde al nombre de Almustafá, pero también al del buscador de infinitos, externos e internos. A través de su conocimiento, personal pero transferible, las personas que se reúnen en el puerto para despedirle, extraerán las últimas gemas de sabiduría de quien aún continua con su búsqueda. Tales como que el matrimonio constituye la memoria silenciosa de Dios o que es necesaria, sin detrimento de una buena educación, la plena libertad de pensamiento de los hijos.

A través de los conceptos visuales que proporcionan algunas imágenes, como las de unos pilares o unas flechas, Almustafá reflexiona acerca de cómo no puede haber libertad en tanto uno se humilla ante un tirano o ante aquello que nos tiraniza. El profeta explica que el yo es un mar infinito, y pone de manifiesto las múltiples facetas del placer o la religión. De tal modo que, el buen maestro no obliga a que entréis en la casa de su sabiduría; os guiará hasta el umbral de vuestro propio espíritu. No en vano, cada uno de vosotros ha de estar solo en su conocimiento de Dios y en su conocimiento de la Tierra, pues Dios está en las cosas buenas que nos rodean, como la naturaleza; lo que sois vosotros habita en las montañas y vaga con el viento.

A su vez, los relatos breves pero intensos de El loco representan la complementariedad de unos opuestos que se dan la mano. Razón que explica que la libertad pueda derivarse, incluso como condición sine qua non, de la soledad (de una soledad no forzada, naturalmente). La sutil ausencia de diferencias entre locura y razón (por parte del que medita) es el irónico núcleo reflexivo del que emergen, entre otras, la alegoría de la guerra, y más aún de la llamada guerra santa, que se agazapa en una ciudad tenida por tal. O entre los mencionados opuestos, el antagonismo que se profesan el “dios del bien” y el “dios del mal”, para los humanos que los increpan o reverencian.


En efecto, para el “loco” la naturaleza humana es bipolar, ambigua, nunca granítica, como evidencian narraciones como la de los dos sabios que detestan el saber del otro (Los dos eruditos), así como Los dos ángeles guardianes o Los dos cazadores. Unas naturalezas humanas desincronizadas entre sí e insatisfechas (Cuerpo y alma, de El vagabundo), pero que aún han de enfrentarse a un mundo de sensaciones, estados y capacidades, contemplados como entidades vivas (tales como la tristeza). Todas ellas aportan una valiosa experiencia, si sabemos apreciarlas, aunque nuestros sentidos nos condicionen y, a veces, no se presten a ello, como nos muestra el relato El ojo. No se trata este último de un símbolo más. Precisamente, para los ojos de El vagabundo, las apariencias son siempre engañosas y los vaivenes de la suerte, un eterno descontento. Los extremismos son reprendidos y la bondad se revela particular y discreta.

De este modo, el ser humano y la naturaleza que lo envuelve vertebran El vagabundo, anécdotas y fábulas de un caminante, relatadas a la familia que lo acoge. Un pensamiento admirable recorre este libro y fulmina todo el colectivismo ideológico: no hay gobernantes, solo existen los gobernados que se gobiernan a sí mismos (El rey). Pese a todo, y prosiguiendo con las dualidades, en El vagabundo la historia es cíclica y nunca escarmentada. Solo queda la contemplación lúcida de una naturaleza fabulosa, en su doble acepción de fabulada y sorprendente (relato El loco).

Una verdad poliédrica que vuelve a aparecer en La tierra de Zaad o en Lady Ruth, cuando esta es inventada. Al igual que sucede con la primordial búsqueda de la divinidad, en Encontrar a Dios (y otros tantos relatos).


Todo un recorrido que desemboca y se condensa en los pensamientos y aforismos de Arena y espuma, nueva dualidad y, al mismo tiempo, complementariedad. Arena y espuma es un compendio de literatura sapiencial, por medio de máximas y recetas morales.

Finalmente, en El jardín del profeta, Almustafá ha regresado a su isla de origen. Allí queda, solo, en el jardín de sus padres, antes de darse nuevamente a los demás. Entre otras cosas, para advertir: compadeceos de la nación fragmentada y troceada, y en la que cada trozo se juzga así mismo una nación. El profeta prosigue su viaje iluminando otros territorios y trayectos. Ojalá que fuerais menos perezosos para encontrar senderos hacia vuestros yos más vastos; (…) os enseño a conocer vuestro yo más amplio, ese yo que contiene a todos los hombres.

Y sin pedantería, pero de forma harto inteligente, frente a quiénes equiparan dedicación y auto conocimiento a indigencia e inmaterialidad, Almustafá les recuerda que… me dicen: Has de elegir entre los placeres de este mundo y la bienaventuranza en el otro. Y yo me digo: He elegido los placeres de este mundo y la bienaventuranza en el otro, porque en mi corazón tengo por cierto que el Supremo Poeta solo escribió un poema de ritmo y rima perfectos.

Escrito por Javier C. Aguilera


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