Wonder Woman: El Círculo, de Gail Simone y Terry Dodson

22 junio, 2017

| | | 0 comentarios
Las superheroínas no han gozado de la repercusión que, en muchos casos, se merecerían, o al menos en igualdad con otros superhéroes cuyas historias no son ni peores, ni mejores, sino simplemente semejantes. Quizás por la fama que el cine otorgó a determinados personajes, otros han pasado más desapercibidos, restringidos al mundo del cómic.

Ese puede ser el caso de Wonder Woman, que si en el mundo del noveno arte formaba parte de la Trinidad de DC formado por ella junto a Superman y Batman, en el más popular medio cinematográfico apenas ha gozado de éxito. Al menos hasta ahora, en que la reciente propuesta dirigida por la directora estadounidense Patty Jenkins, Wonder Woman (2017), parece haber llamado la atención del público y, también, catapultado su fama, merecida por otra parte tras una larga trayectoria entre viñetas y a la sombra de otros héroes.

A raíz de este próximo estreno en nuestro país, hemos querido acercarnos a la célebre amazonas a partir de un cómic escrito también por una mujer, Gail Simone: El Círculo (2008).

La Mujer Maravilla, como se conocía tradicionalmente en España, tiene la particularidad de relacionarse con la mitología o, mejor dicho, de surgir de este territorio, lo que le otorga un singular atractivo y un enfoque distinto al del alienígena que es Superman o al carácter detectivesco y más humano de Batman. De ahí que sus poderes se expliquen a partir de regalos de los dioses griegos, que pertenezca a una raza de amazonas como se entendían en esa misma mitología (un pueblo gobernado y formado por mujeres guerreras), que aparezcan otros personajes mitológicos, como la bruja Circe o Hércules, o que tenga un hogar apartado de la civilización, la isla de Themyscira (o Temiscira), también conocida como Isla Paraíso.

En El Círculo nos encontramos ante un momento delicado para la comunidad amazona. De forma previa, la bruja Circe ha provocado toda una serie de problemas a la heroína y a las amazonas, de forma que Wonder Woman ha perdido sus poderes cuando no está usando su armadura clásica y sus queridas hermanas han sido exiliadas por decreto de Atenea de la isla que era su hogar, a excepción de la reina y madre de Diane, Hipólita. Por tanto, ahora nuestra protagonista se dedica a la investigación de asuntos metahumanos como Diane Prince, mientras que trata de mantener el mundo a salvo con su alter ego conocido ya por el mundo como Wonder Woman. De ello se está ocupando cuando tienen lugar los acontecimientos de El Círculo.

Dado que la isla Paraíso está prácticamente abandonada, el Capitán Nazi (los nazis han dado de sí como villanos recurrentes hasta límites insospechados; por cierto, este villano funciona realmente como un macguffin de la auténtica aventura) ha decidido asediarla y conquistarla. Sin embargo, esta invasión reabrirá una antigua historia que tiene relación con el origen de nuestra protagonista y cómo su nacimiento fue la causa de ruptura y rechazo entre un grupo de amazonas.

Este grupo, conocido como el Círculo, estaba compuesto por cuatro amazonas elegidas por la reina para salvaguardarla de cualquier peligro. Sin embargo, cuando Hipólita decidió tener una hija, el fanatismo de estas protectoras las llevó a tratar de destruir esa nueva vida, a la que contemplaban como una amenaza para toda su raza. Encarceladas desde entonces en la misma isla y sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento, esperan su oportunidad para acabar con la causa no solo de su encierro sino también del rechazo de la persona a la que habían jurado proteger, su reina.

Así pues, dos líneas temporales se entrecruzan en el cómic. La historia del pasado nos sirve para mostrar el funcionamiento de la sociedad de las amazonas, sus leyes restrictivas fruto del imperativo de los dioses, que impedía, entre otras cosas, su procreación, o el fanatismo alcanzado por quienes formaron el célebre Círculo, quienes además de proteger a la reina, buscaban a todas las amazonas dispuestas a romper sus leyes, aunque se tratase de un simple placebo inofensivo. En cierta medida, la represión que estas amazonas hacían de su propio deseo de maternidad las llevaba a cazar a todas las que estaban dispuestas a manifestarlo de cualquier forma posible. De ahí que se sientan traicionadas por la persona a la que más querían y admiraban.


Y la historia del presente es una prueba para Diana, una prueba para demostrar el tipo de heroína que es. Por una parte, será capaz de hacer frente a los peligros que surjan incluso cuando no pueda utilizar sus poderes, pero, por otra parte, cuando sea capaz de usarlos y dominar a sus enemigos, siempre se mostrará clemente y piadosa. Así lo demuestra con el grupo de gorilas inteligentes liderados por Tolifhar, que acabarán por ser una mezcla de alivio cómico y de apoyo bélico, como también hacia el final de la historieta, cuando tras mostrar su superioridad, decida ser benevolente y no vengativa, mostrando cuáles son los auténticos valores de las amazonas. A su vez, a pesar de su grandeza, no dudará nunca en solicitar ayuda a otros con tal de proteger aquello que ama o que cree justo, lo que nos permitirá comprobar que en este mundo no solo existen dioses griegos, sino que también hay espacio para otras mitologías, como la nórdica, la egipcia o la japonesa.

De esta forma, El Círculo se presta a ser no solo una entretenida historia sobre Wonder Woman, sino también una presentación más profunda sobre su sociedad, sobre la cuestión de la maternidad y el fanatismo, sobre el carácter clemente del personaje, que se distingue así de otros superhéroes (ella misma mencionará su rechazo a las técnicas de Batman), y sobre la importancia de los lazos que nos unen a los demás por encima de los prejuicios (los prejuicios que le afectaban a ella como también los que afectaban a los gorilas, por ejemplo, y que ella fue capaz de superar: solo están equivocados).

Gail Simone
A pesar de que su conclusión resulte abrupta, Gail Simone nos regala una aventura atractiva y que nos ayuda a comprender mejor al personaje, sin olvidar tratar algunos temas de interés que no resultan vacíos. Quizás pueda chirriar la aparición de ciertos personajes excesivamente caricaturescos, como los gorilas o el Capitán Nazi, en contraposición a la historia tan terrible y a la caracterización más profunda del Círculo; sin embargo, su presencia tiene un sentido y nos proporciona un mejor panorama de la protagonista. Y todo ello dibujado por Terry Dodson, que aunque consideramos falto de dinamismo en las escenas de acción, sí consigue una gran expresividad y personalidad para cada uno de los personajes.

Escrito por Luis J. del Castillo


Para el sábado noche (LXII): Capricornio Uno, de Peter Hyams

20 junio, 2017

| | | 0 comentarios
De carrera progresivamente diluida, Peter Hyams (1943) cuenta en su filmografía con algunas películas muy notables; generalmente, las escritas, o incluso fotografiadas, por él mismo. Esta es una de esas ocasiones, aunque la labor fotográfica corresponda a Bill Butler (1921).

En la primera imagen de Capricornio Uno (Capricorn One, ITC-Warner Bros.), producción de Lew Grade (1906-1998) con música de Jerry Goldsmith (1929-2004), el sol emerge física y metafóricamente por la plataforma del cohete que ha de llevar a los primeros expedicionarios terrestres al planeta Marte. Es un símbolo que se superpone a la voz en off que informa puntual pero lacónicamente del estado de la misión.

Pero a excepción del desconfiado -y partidista- diputado Hollis Peaker (David Hudleston), los políticos, como buena parte de la población -curiosa correlación-, se sienten poco atraídos por las perspectivas de este nuevo logro humano y tecnológico. No obstante, además de los astronautas Charles Brubaker (James Brolin), Peter Willis (Sam Waterston) y John Walker (O. J. Simpson), todos con un carácter bien definido por Hyams, el proyecto recibe el apoyo entusiasta de familiares y colaboradores, como el operario Horace Gruning (Lou Frizzell) que, honradamente, se siente orgulloso de una empresa de la que, la llegada a la luna, el veinte de julio de 1969, fue tan solo uno de sus jalones.

El motivo de la desconexión del resto de personas -en términos generales-, lo hallamos, precisamente, en aquello que se pretende ofrecer como remedio de la crisis: el desinterés de la gente por el programa espacial tripulado responde al hecho de que todo se ha convertido en mediático, y en que la oferta se ha ampliado. Los medios de comunicación, con su poder de realidad de lo televisado, reflejan, en este caso, dicho desinterés. Es por eso que Marte se convertirá en un escenario más; aparte de que, en este sentido, el parlamento que el director del programa Capricornio de la NASA, James Kelloway (el estupendo Hal Holbrook), lanza a los tres astronautas, cuando la misión parece abortada, es bastante realista aunque desemboque en cauces -¡o canales!- nada éticos. A modo de paráfrasis, ¡el programa debe continuar!, lo que incluye las voces grabadas de los atónitos protagonistas y, se supone, que algunas de las muestras del terreno marciano aportadas por los exploradores robóticos.


Pese a todo, en forma de justicia poética, ese optimismo e ideales que escasean, serán los que el periodista Robert Caufield (Elliot Gould), representante de esa parte de un reporterismo de investigación honesto y arriesgado -en varios sentidos-, devuelva a la sociedad, en la persona de algunos de sus héroes; porque los héroes existen, por mucho que determinadas ideologías se avergüencen o denuesten el pasado histórico, remoto o reciente.

En esta ficción, la balanza termina por equilibrarse pese al esfuerzo que esto conlleva, es decir, pese al enfrentamiento mantenido por la idiosincrasia y la superación humanas, y el progreso técnico, cuando ambos aspectos no van acompasados. Un terreno que ha sido abordado por buena parte del género de ciencia ficción, como en 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, 1968; aunque sigue habiendo quienes creen que se trata de una glorificación de lo tecnológico por encima de los valores trascendentes, lectura ajena a la verdadera intencionalidad de Stanley Kubrick [1928-1999]), o bien, por la interesante Operación Ganímedes (Operation Ganymed, Rainer Erler, 1977), aunque a diferencia de esta última, en Capricornio Uno, el recorrido de los astronautas se produce por separado y conduce a similares pero distintos derroteros, por decirlo así. En el caso que nos ocupa, la simulación afecta al aterrizaje en Marte, pero no al lanzamiento del cohete. Además, existe otro escenario intermedio, efímero pero crucial para la trama, como es el decorado de un pueblo del oeste…


Por lo tanto, ¿hasta dónde llegar para mantener vivo un sueño y devolver las ilusiones al público? ¿De qué forma merece uno pasar a la historia? El momento de la verdad de Kelloway consiste en sostener una mentira; al fin y al cabo, confirma que solo nos hacen falta las emisiones de televisión. Su lealtad al programa espacial es encomiable pero errónea, como le hace ver, en primer lugar, Charles Brubaker. Para Kelloway, el aliciente es que ya no queda nada en qué creer, lo que, de alguna manera es cierto. Para Brubaker, sin embargo, no es lógico mantener algo vivo traicionándolo. Naturalmente, la antedicha balanza comienza a desequilibrarse desde el momento en que entran en funcionamiento mecanismos y presiones que operan al margen de los principales implicados. Esto se me ha ido de las manos, hay fuerzas que tienen mucho que perder, especifica Kelloway. Desde ese momento, otro componente se ha averiado, al convertirse la amistad entre el astronauta y su antiguo mentor en un mero contrato emocional, en el que es el televisor el que opera como mecanismo de representación.

A Robert Caufield le pone tras la pista el operario de telemetría Elliot Whitter (Robert Walden). La iniciativa individual de ambos frente al sistema también será castigada, en favor de ese más amplio y etéreo bien común, como bien comprueba el sufrido Mustang de Coufield. A ello se prestan gustosos determinados organismos gubernamentales que crean, a su vez, otro escenario alterno para distorsionar lo que, hasta entonces, ha sido la realidad (tal vez, sin el conocimiento de los propios dirigentes; condición de estos suele ser estar en las nubes… de Valencia o marcianas; es decir, en sus reelecciones).


Por ello, no es casualidad que, cuando al fin se produce el ansiado -y ansioso- aterrizaje, el mensaje grabado del presidente a la nación, al resto del mundo, y a los astronautas, se vea acompañado por un movimiento de la cámara con el que Peter Hyams se va alejando de estos últimos, para acabar mostrando todo el entramado del montaje. La ironía consiste, como ya he señalado, en que tales agencias y el personal a su servicio habrán de enfrentarse con aquello que pretendían evitar a toda costa: el desprestigio del programa espacial, cuya víctima colateral es el ámbito informativo. Por suerte, para quienes los defienden de una forma cabal, el viacrucis de estos pioneros del espacio por un nuevo escenario, ubicado, por cierto, en un remoto y reseco paraje, al estilo del marciano, no quedará sin recompensa moral. Esto parece Marte, confirma Willis. El destino es azaroso, más allá de de todas las previsiones y reglas de cálculo…

Todo esto lo cuenta el realizador de una forma clásica y perspicaz. Por ejemplo, empleando un movimiento de cámara análogo al del antedicho mensaje presidencial, cuando los tres astronautas toman caminos separados en plena aridez; o en el ejemplar duelo aéreo entre dos helicópteros y la destartalada avioneta que pilota Albain (Telly Savalas), o incluso, cuando es el propio discurso final del presidente (Norman Bartold) el que acaba convertido en un enorme montaje (tal y como advertía, por razones ajenas al personaje).

Y si me permiten un apunte final, diré que Capricornio Uno es una de esas películas que pueden ayudarnos a recuperar parte de esa ilusión perdida, en este caso, cinematográfica, pues no se trata de encadenar un título detrás de otro, sino de hacer de cada ocasión algo especial; en definitiva, de regresar al rito que suponía ir al cine (aún en el propio hogar).

Escrito por Javier C. Aguilera


Guardianes de la Galaxia Vol. 2, de James Gunn

17 junio, 2017

| | | 0 comentarios
Regresamos al espacio con el equipo de superhéroes más gamberro de Marvel con la dirección de James Gunn, que ha entendido bien a esta incomprendida pandilla: Guardianes de la Galaxia Vol. 2 (2017). Pero regresar nunca es sencillo. Guardianes de la Galaxia (2014) fue una sorpresa en sí misma, una historia fresca en medio de otras que ya nos sonaban demasiado semejantes, demasiado oscuras. Gunn proporcionaba a unos héroes casi desconocidos para el público general, para el desconocedor de los cómics, una imagen asociada a un humor, a un estilo visual y a una música muy concretos. Y ahora tocaba contar otra página más de sus aventuras espaciales.

Por ello, nos encontramos con los guardianes ejerciendo tareas de mercenarios en el espacio, cuando por la actitud de Rocket, se verán en problemas con una civilización narcisista, arrogante y bastante rencorosa. Mientras son perseguidos a través del espacio, alguien viene en su ayuda: una persona inesperada dispuesta a revelar a Peter (Chris Patt), el ya célebre Star Lord, cuál es su origen y dónde está su pasado y su hogar. Entretanto, Yondu (Michael Rooker) y sus contrabandistas son contratados para capturar a los Guardianes de la Galaxia; sin embargo, la relación casi paternofilial que Yondu mantiene con Peter provocará un motín.

James Gunn sabe cómo quiere contarnos esta historia y no tarda mucho en demostrarlo: su introducción es una escena de acción trepidante... en segundo plano. Será la música, en este caso Mr. Blue Sky de Electric Light Orchestra, se convierte en la protagonista junto a un pequeño Groot a través de cuyas acciones y peripecias por el campo de batalla irá desgranando y redescubriéndonos a los personajes que ya conocíamos. Apenas unos pocos minutos suficientes para presentar a cada uno de los personajes y recordarnos sus peculiares personalidades, que siguen intactas con respecto a lo visto en la primera entrega. Habrá más momentos similares, tanto donde la música, este Awesome mix Vol. 2, con canciones de los setenta y ochenta, destaque, como donde la acción sea la protagonista, tanto en el espacio como físicamente.


Para cuando la película haya llegado a su fin, se nos habrá mostrado la evolución de estos mismos personajes sin que, por ello, hayan perdido su esencia. Ahí tendremos a un Star Lord asumiendo de forma renovada su rol en el grupo y su vínculo no solo con ellos, sino también con Yondu, personaje que ganará muchos matices a lo largo de esta película. También tendremos la evolución de Gamora (Zoe Saldana), quien comprenderá no solo la importancia de las relaciones creadas, sino también cómo sus actos han influido en otras vidas sin que ella se percatara de esa relevancia. Precisamente, su difícil relación fraternal con Nebula (Karen Gillan) será el ejemplo más evidente, un vínculo sobre el que se ahonda como no se había hecho en la anterior ocasión.

Algo diferentes serán los casos de Rocket, Drax (Dave Bautista) y el bebé Groot, quienes suelen funcionar como descargos humorísticos en la mayoría de ocasiones, especialmente el último. Ahora bien, Rocket se sigue mostrando como un adolescente descarriado y malhumorado que, sin embargo, nos sorprenderá creando un lazo de intimidad con otro personaje a partir del cual nos desvelará sus auténticos sentimientos y sus motivaciones reales. Mientras que Drax también nos muestra una actitud más responsable. Junto a la nueva incorporación, Mantis (Pom Klementieff), interpretarán algunos momentos muy divertidos, sobre todo en relación al uso del lenguaje de forma literal o a la inocencia de Mantis sobre todo lo relativo a la humanidad. Por no seguir ahondando en detalles, no nos referiremos al antagonista de la historia ni haremos mención a la trama relativa al padre de Star Lord (Kurt Russell), aunque sí podemos mencionar que se trata de una propuesta bastante interesante, a pesar de que pueda sentirse previsible conforme avanzas en el visionado y más tópica de lo esperado. Por no mencionar algunas incongruencias que dejaremos en el tintero.


Resulta complicado evitar los comentarios concretos sobre lo que sucede en el argumento, incluso podríamos entender que hemos resumido bastante, pero añadiendo demasiados detalles; sobre todo si atendemos a lo cuidadosos que han sido en toda la campaña publicitaria de la película. Al contrario que otras promociones que suelen desvelar casi todo el entramado y hasta algunos giros sorpresa, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 ha logrado diluir todos los acontecimientos relevantes en las imágenes previas. No obstante, ello no ha evitado que ya conozcamos a los personajes y que el efecto sorpresa de la primera entrega nos otorgue unas expectativas, estando, por tanto, precavidos del tipo de película que vamos a encontrar.

No podemos considerar que decepcione: vuelve el humor gamberro y chocante de la primera ocasión, pero con renovados chistes y referencias culturales, regresa también los momentos de acción trepidante y también hay espacio para el desarrollo sentimental de los personajes, como ocurría anteriormente. De esta forma, siguiendo con la línea argumental, podríamos entender que si Guardianes de la Galaxia fue la historia de cómo unas personas bastante diferentes entre sí se unieron casi por azar por un objetivo común, esta nueva entrega nos narra cómo esas relaciones se consolidan y, sobre todo, el significado que puede llegar a tener la palabra familia como tema esencial. Pero para todo ello, podríamos considerar que se acerca a derroteros conocidos, aunque en realidad lo que está haciendo es parodiarlos. Los parodia hasta tal punto que cuando decide ponerse seria y entregarnos una ocasión dramática, esta se siente con más fuerza de lo habitual, funcionando mejor que en una película trágica al uso.


Aunque no podemos dejar de sentir que estamos ante una aventura más tópica dentro del panorama de los héroes o incluso de las space opera, con todo, mantiene una personalidad única que la hace brillar en medio de otras propuestas más reiterativas. Además, aún se puede sentir cómo hay tramas por desarrollar en la vida de sus personajes a la vez que otras se han logrado cerrar de forma satisfactoria. En definitiva, una nueva entrega que mantiene la identidad creada en la primera aventura, la expande y a pesar de caer en ciertos lugares comunes o de poder hastiarnos en ciertos fragmentos, logra ofrecernos una historia fresca, divertida y manteniendo las expectativas.

Escrito por Luis J. del Castillo


Clásicos Inolvidables (CXXXII): Walden, de Henry David Thoreau

15 junio, 2017

| | | 0 comentarios
Aunque no todos los escritores hayan resultado ser inmortales, por muy distintas causas, muchos de ellos sí que son atemporales. Siempre precavido ante todo aquello que restringiera la libertad del individuo, Henry David Thoreau (1817-1862) se sintió atraído desde niño por la laguna de Walden, en Concord, Massachussets, EEUU, donde, en una parcela propiedad de Ralph Waldo Emerson (1803-1882), construyó una cabaña a la que se trasladó a vivir, en 1845.

Lo que allí experimentó, a lo largo de poco más de dos años, lo narró en Walden (Ídem, 1854; Cátedra, Letras Universales, 2005), libro que hoy referenciamos, en traducción y edición de Javier Alcoriza (1969) y Antonio Lastra (1967).

Pero entre gallinetas y cuclillos, ardillas, búhos y ratones de campo, lo que resulta más destacable de la experiencia campestre de Thoreau, de su imperioso retorno a la naturaleza, es que es consciente de que esta no pregunta ni responde a nada que nosotros, los mortales, podamos plantear (en el capítulo La laguna en invierno).

Es la suya una propuesta enérgica, pero ni impositiva ni vocinglera, encaminada a no formar parte del pasaje, sino a viajar subido al mástil (tal y como recoge en su Conclusión); una experiencia que tiene como epílogo genérico que el universo es más amplio que nuestras perspectivas (Conclusión).

Pese a la necesidad de un retiro temporal durante los veintiséis meses de permanencia en la laguna, Thoreau se mantuvo en contacto con amigos y familiares. De hecho, uno de los principales y maliciosos errores que cometen los adalides del colectivismo ideológico, sea político o religioso (los extremos siempre dispuestos a atraerse), es considerar que el que actúa de una forma individual y libre se ve supeditado a una especie de aislamiento egocéntrico y sin valores, cuando es justamente lo contrario (por mucho que formemos parte de un “todo”, no hay por qué doblegarse ante dicho todo). Esto es, como si la naturaleza solo pudiera soportar un solo orden de entendimiento (Conclusión). Hasta los eremitas produjeron un beneficio social de un modo indirecto.

Sin llegar a tanto, si se vive la vida con principios, la diversidad de nuestra experiencia no se verá disminuida. Más aún, recuerda Thoreau cómo la fundación de la primera república americana tenía que ver con esta garantía de libertad para todos sus habitantes, siempre que no se esté adormecido (Conclusión). Este es el eje principal de Walden, el que nos consideremos individuos y ciudadanos libres.


Una apelación a la independencia cuyo tronco sostenedor es el de no someterse sino al respeto de la naturaleza, en la que se integra el ser humano, aunque a veces se desvincule -consciente o inconscientemente- de esta, o de otros seres humanos. Es decir, un posicionamiento vital que no se pliega a ninguna ideología moralista o política hereditaria. El reposo de Walden se enmarca en una línea o tendencia existencial al desplazamiento y el viaje, solo que estos pueden ser tanto externos como internos. Soy un místico, un trascendentalista, un filósofo natural (Introducción), resume ampliamente Thoreau.

Unos aspectos que abarcan la lectura como ejercicio de libre pensamiento, que contribuye a la dignidad de nuestra presencia en el mundo, entendida como un efecto de la verdadera educación liberal del individuo y la comunidad (La lectura). Incluso llega a anotar cierta preferencia por la lengua escrita sobre la hablada, a modo de un lenguaje selecto, en cualquier idioma, favorecedor de la emancipación necesaria para poder (sobre)vivir y razonar. En su citada defensa de los clásicos, recuerda que solo hablan de olvidarlos quiénes nunca los han conocido, en tanto que un hombre debe encontrar sus ocasiones en sí mismo (Sonidos).

De hecho, lo que no tiene remedio es el ser humano, principalmente en conjunto, tantas veces convertido en complejo rebaño en su condición -o conducción- grupal y gregaria. Por eso el libro lleva como dedicatoria el afán de despertar a mis vecinos, por medio de las vivencias e impresiones del autor, a orillas de la laguna de Walden. Allí cuece su pan y quiere pensar por sí mismo (Economía).

Thoreau en el cómic, por Maximilien LeRoy
De vuelta a los días primitivos y huyendo de la vanidad, Thoreau llama la atención respecto a la acumulación de bienes inútiles, aunque parezca caer en la tentación de alabar la “comodidad” de la pobreza y condenar lo superfluo, entendido estrictamente como todo adorno o gasto suntuario, es decir, forzado por los demás. En resumidas cuentas, una cosa es la avaricia y otra la excesiva condena y denuncia de un comercio que es el salvavidas de toda comunidad o país bien organizado y en disposición de prosperar. Tras lo cual, de forma harto sagaz, Thoreau diagnostica y resume el meollo de la cuestión: deseo que haya tantas personas en el mundo como sea posible, pero quisiera que cada uno fuera muy cuidadoso en descubrir y seguir su propio camino, y no el de su padre, su madre o el del vecino (Economía).

Ello no obsta para advertir acerca de peligros muy reales que, como observamos, ya se erigían en una seria amenaza desde finales del XIX. Dando nuevamente la palabra a Thoreau, los hombres se han convertido en las herramientas de sus herramientas. Lo cual supone que el hombre laborioso no tiene ocio para una verdadera integridad cotidiana. En este sentido, el vocablo “civilizado” no se proscribe del entorno natural que se pretende abrazar, pues conlleva que el hombre civilizado es un salvaje más experimentado y sabio, a pesar de que la mayoría de los hombres lleva vidas de tranquila desesperación (Economía).

De resultas de lo cual, al saber que quería valerme por mí mismo, me volví con más determinación a los bosques. Ello, sin olvidar, y es importante recalcarlo, que la civilización es un verdadero avance en la condición del hombre, aunque solo el sabio aproveche sus (verdaderas) ventajas (Economía). Razón por la que, pese a todo, la realidad es siempre estimulante y sublime (Dónde vivía y para qué).

La laguna de Walden
Esta naturaleza y forma de vivir son contempladas como una época transitoria pero necesaria. Un “lujo” perecedero en sí mismo, que puede o no estar a nuestro alcance, y no solo espacialmente. A ello se suma una invitación a dudar de todo, o casi. Contra la prisa y la subordinación a la máquina, Thoreau proclama a los cuatro vientos su llamamiento a no dejarse engañar, a ser conscientes de los cimientos que son puramente ilusorios y penetrar la superficie de las cosas (Dónde vivía y para qué). En definitiva, a no ensimismarnos en nuestros límites culturales e ideológicos. Solo así puede el universo responder de una forma constante y obediente a nuestras mutables concepciones.

A su vez, el tiempo y el espacio se transforman en Walden: mis días no eran los de la semana (Sonidos). No en vano, con respecto a esta soledad buscada (no obligada), se pregunta el caminante ¿por qué habría de sentirme solo? ¿No está nuestro planeta en la Vía Láctea? (…); soy consciente de cierta duplicidad por la que permanezco tan lejos de mi mismo como de otro (Soledad). De este modo, el aislamiento no solo es grato, sino también reintegrador, una fusión con la naturaleza que bascula entre lo místico y lo utilitario.

Pero junto a las visitas efectuadas por Thoreau, están las que los lugareños, conocidos, curiosos o viandantes casuales dispensaron al propio escritor. Unos visitantes vistos como continentes inexplorados, que concretan el recurso de la ironía o, a veces, el de una abierta exageración al referirse al comportamiento de sus coetáneos (y sus formas de vida; Visitas). Por ejemplo, ante la pregunta de por qué debería cultivar un próspero campo de judías, en el capítulo del mismo nombre, Thoreau se responde que solo el cielo lo sabe… O desembocando en su visión de la urbe, recuerda cómo ninguna otra persona me molestó, salvo las que representaban al estado (La granja de Baker).

El singular huésped se enfrenta a los recursos del poder de frente, contrario a quienes ambicionan una nueva forma de mandar (más que de gobernar), más controladora, y la pervivencia de una sociedad de subsidios. Sobre todo, cuando constatamos que tales dirigentes poseen un nivel mucho más bajo que el nuestro…

Walden Pond Revisited, de N. C. Wyeth
Las mayores ganancias y valores están lejos de ser apreciados (…), tal vez los hechos más sorprendentes y más reales nunca se hayan comunicado de hombre a hombre. Se trata pues, de una tarea constante e individualizada, puesto que no hay un instante de tregua entre la virtud y el vicio (Leyes superiores), planteamiento que, respecto a los seres humanos, el autor ejemplifica mostrando el escenario, también natural, en el que se produce una gráfica y antropocéntrica lucha -exterminio, más bien- entre dos especies de hormigas (Vecinos animales).

Una decisión personal será también la de que el hombre fluya hacia Dios cuando se abre el canal de la pureza. A ello se refiere cuando habla de Verdad, pues Verdad es siempre la particular de cada uno. De este modo, todo hombre construye un templo: su cuerpo para el Dios al que adora (Leyes superiores).

Curiosamente, no será hasta el bien avanzado capítulo de Las lagunas, que conozcamos la precisa descripción y características del entorno de Walden, vistas por su prosista y residente. Como conclusión adicional, advierte Thoreau de que el hombre adopta un camino de obediencia y conformidad a las leyes de un gobierno justo… si lo encuentra, pese a lo cual, hacen falta nuevas leyes liberales si seguimos nuestros sueños (Conclusión). A Thoreau le parece que conforme simplificáramos nuestra vida, las leyes del universo nos parecerían menos complejas. Esto, porque las cosas no cambian, cambiamos nosotros (Conclusión).

Escrito por Javier C. Aguilera


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...